Me enamoré...

... LO VI SOLITO Y ME LANCÉ Así, como dice la canción, se conocieron estos amores de verano que no se han vuelto a separar. Del Albariño y el San Adrián al altar pasando por una noche de discoteca, hay historias que superan ese primer impacto y se convierten en auténticas relaciones. Ya se sabe. Un mojito, dos mojitos, mira qué ojitos bonitos... Y hasta hoy.

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Lo que el Albariño ha unido que no lo separe el hombre. Lo de Laura De Santiago y Efrén García fue un flechazo en toda regla. Ocurrió un 1 de agosto de hace ocho años. Sus vidas se cruzaron en una de las fiestas más míticas de Galicia: A Festa do Albariño de Cambados. Un auténtico romance de verano que acabó en boda. «Nos acordamos siempre de esa fecha, es muy especial», confiesa Laura. Su encuentro fue casual. Ella de Viveiro. Él de A Coruña. Nada hacía prever que se encontrarían. Hasta que el Albariño hizo su efecto. «Esa noche bajé con mis amigas de toda la vida de Viveiro. Estaba lloviendo y nos abrigamos debajo del toldo de un puesto de rosquillas», cuenta Laura. Justo detrás de ella, al mismo tiempo, estaba Efrén con sus amigos: «Digamos que estábamos intentando robar, perdón, comprar unas rosquillas».

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La noche casi los confunde y las dos pandillas empezaron a hablar. «Mi amiga Mer se giró, vio a Efrén, que en ese momento llevaba puesta una camiseta de Fred Perry, y empezó a llamarle ‘Fred Perry,’ y todas le seguimos el juego». Paró de llover y cada uno se fue por su lado. La historia podía haberse acabado ahí, ser una anécdota que recuerdas con tus amigas entre risas al día siguiente. Pero el destino les tenía preparado algo más intenso. «Un poco más tarde nos volvimos a cruzar de marcha por Cambados. Cuando lo vi le dije ‘Eh, tú eres Fred Perry’ y ya no nos volvimos a separar», recuerda Laura. Se quedaron hablando hasta las doce del mediodía. «Los barrenderos estaban limpiando las calles y nosotros aún seguíamos paseando y hablando». Perdieron la noción del tiempo y Efrén también el tren. «Tuve que volver a Vilagarcía andando», recuerda.

«TENÍA QUE INTENTARLO»

Su romance de verano solo acababa de empezar. «Efrén estaba sin batería en el móvil y me dio el teléfono de su hermano. Al día siguiente le escribí», recuerda Laura como si estuviese reviviendo de nuevo ese 1 de agosto del 2009. Ella estudiaba en Santiago Psicología y él Medicina en Pamplona. «No teníamos nada en común, pero yo sabía que había algo, que tenía que intentarlo», asegura Laura. Se volvieron a ver en Santiago unos días después y se convirtieron en casi inseparables. «Todavía me acuerdo de ese día. Subía la plaza Roja cuando me envió el mensaje para decirme que venía. Y yo pensaba: ‘¿qué estoy haciendo?’». El año pasado su amor de verano se transformó en boda. De su bonita historia de amor da cuenta el Instagram de Laura, @lauradesantiago, y su blog, Poppy Red Blog. «Para cerrar el círculo, mis amigas me llevaron de despedida de soltera… ¡Al Albariño!». De la noche del 1 de agosto de hace ocho años no se olvida nadie. «Todavía le seguimos llamando Fred Perry a Efrén, sobre todo mi amiga Mer!». No han podido volver juntos a la fiesta como pareja, pero nunca se olvidarán de ese día. «Efrén aún conserva de recuerdo el polo que llevaba cuando nos conocimos, que además es rojo, mi color favorito», sonríe Laura. Como para no guardarlo con la suerte que le dio.

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«Es mi ser humano favorito»

Las fiestas de San Adrián de Toba, en Cee, de junio del 2010 los presentaron. Y su pasión por el baloncesto fue la excusa perfecta para su primera cita, convertirse en su fan número uno como pívot y el desarrollo de una historia de amor cuyo broche de oro se cerró seis años después. El 16 de julio de hace un año, Marta Lema (Cee, 1992) y Álvaro Aldariz (Lugo, 1987) daban ese golpe de alegría a una pandilla destrozada por la reciente pérdida de un amigo en el 2015. Anunciaban una noticia feliz. Se casaban. Tras una pedida de mano increíble en la playa de Patos -donde su perro Pippen tuvo un papel importante- y una comida familiar sorpresa en Santiago, la pareja decidía iniciar una nueva etapa.

Su historia empieza un 17 de junio en la verbena de Cee. Marta y sus amigas, fieles al San Adrián, allí estaban dándolo todo. Y… sorpresa. Un chico nuevo apareció en la romería. Venía a ver a un amigo al que Marta conocía. «En esa fiesta Álvaro era la novedad y despertó mi curiosidad», recuerda Marta, que con su desparpajo y alegría fue a saludar a su colega. Pero claro, con cierta picardía. La intención era conocer a la novedad de la fiesta. ¿Cuál fue su sorpresa? «Álvaro pasó de mí. Solo me pidió que le sujetara la chaqueta. Me senté a su lado en un banco de piedra para entablar conversación, pero al ver que no me hacía caso me fui», cuenta Marta, que por aquel entonces tenía 17 años.

Siguió la fiesta y entretanto, Álvaro se enteró de que esa chica tan guapa, alegre y dicharachera jugaba al baloncesto. «Como él también jugaba vino a hablar conmigo. Quedamos al día siguiente para jugar en la cancha de Vallecas, en Cee», explica ella, quien tenía cita con la academia para preparar unas asignaturas. «Estaba en clase, escuché pitar un coche y que alguien me llamaba. Era Álvaro. Cogí mi mochila y me fui con él a jugar», cuenta Marta. Pero, tras ganarle el partido, cada uno se fue a su casa.

Tras ese primer encuentro deportivo, empezaron los mensajes y la fidelidad de él por asistir a todos los torneos en los que ella debutaba. En uno celebrado a finales de junio en Santiago, salieron a cenar y de fiesta. Esa noche surgió el primer beso. Lo acogió en su grupo de amigas y empezaron las fiestas en pandilla. A finales de agosto, aprovechando que la madre de Marta no estaba en casa, lo invitó a dormir. Nueva sorpresa. A ella le salió de dentro. «Álvaro, te quiero». Esperaba un «yo también». Pero no, la reacción fue: «Qué linda, girarse y echarse a dormir».

A principios de septiembre, tras una oferta deportiva, Marta fijó residencia en Lugo. El 11 de ese mes, nueva sorpresa. Pero en esa ocasión, la definitiva y la coherente. «¿Quieres ser mi novia?». Después de un tiempo viajando de A Coruña a Lugo, Álvaro encontró trabajo allí y empezó la convivencia. «Crecimos y maduramos juntos no solo como pareja, sino como personas. Álvaro es mi ser humano favorito del mundo mundial. Es un acompañante diez y una persona muy detallista, pero no en cosas materiales. Me encanto como soy cuando estoy con él porque me aporta seguridad. Además nos complementamos muy bien porque tenemos los mismos valores. Sigo enamorándome cada día», concluye esta exjugadora de baloncesto, que en breve inculcará a sus alumnos esos valores que comparte con su hoy marido.

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«Nunca nos cansamos el uno del otro»

Dicen que el amor no se puede expresar con palabras, pero a juzgar por lo que aquí nos vamos a encontrar, más bien parece lo contrario. Quizás sea que esta vez Cupido haya atinado y dado en el clavo o, en este caso, en el corazón. Dos corazones que empezaron a dirigirse por el mismo camino desde aquel 18 de agosto del 2015. Sí. Dos años después ese amor de verano sigue más vivo y soleado que nunca.

Ellos son Ana -una joven de A Coruña que ahora mismo está estudiando un ciclo superior de Comercio Internacional-, y Pancho, su novio, que está trabajando ya en una empresa de ingeniería en Vigo. Él es de A Coruña pero ahora reside allí, ya que fue a estudiar la carrera de Ingeniería de Tecnologías Industriales. Pancho, como en el amor, tuvo mucha suerte, pues acabó sus estudios, hizo un Máster en Ingeniería Industrial, se especializó en Diseño y Fabricación, e inmediatamente empezó a trabajar. Parece que el velero de su vida ha cogido impulso en la dirección correcta, y ¡qué mejor manera que al lado de una compañera tan especial! Su compañera de vida. De verano, de primavera, de otoño y de invierno.

«Todo empezó en una noche de verano cuando mis amigas y yo íbamos al Playa Club, en A Coruña, y nos encontramos con Pancho y sus amigos. No nos conocíamos de nada, pero las risas y las miradas hicieron que esa ilusión apareciese», introduce Ana poniéndonos en contexto. «Esa noche fue el germen que hizo que días después surgiera algo más. Ese algo que muchas veces no sabemos cómo describirlo pero que los dos supimos cómo decirlo, cómo expresarlo. Pancho me agregó al Facebook y empezamos a hablar, pero, claro, nos coincidió un poco mal, porque en verano siempre hay fiestas y yo me iba al Marisquiño con mis amigas», detalla Ana. Aun así, eso no supuso un problema para que la ilusión continuase, y ese ‘no sé qué’ que uno siente se fue consolidando hasta llamarse amor. «Poco a poco los dos fuimos cogiendo la confianza y el feeling que no todo el mundo tiene y que cuando lo encuentras ya no lo quieres dejar marchar», cuenta. Uno no sabe ni cómo, ni cuándo, ni por qué, solamente quién. Ese quién capaz de hacer tanto. «Me acuerdo de un día -explica Ana- que fuimos al cine a ver Del revés, luego estuvimos en la playa y dando un paseo por Arteixo». Todo esto viene porque a Pancho le encanta el mar. «Él hace surf y yo empecé a surfear con él porque el mar es algo que nos une», cuenta ella dejando entrever todo lo que uno puede hacer por amor. «Como vivimos uno en A Coruña y otro en Vigo siempre intentamos ir en coche a sitios diferentes y hacer cosas nuevas», dice.

Además, su caso es de esos en los que la distancia no importa. «Nos vemos los fines de semana y, claro, esto es algo que muchas parejas llevan mal, pero a nosotros no nos cuesta nada. No lo podemos llevar mejor. Estamos acostumbrados. Es nuestra historia y nunca nos agobiamos ni nos cansamos el uno del otro, como si cada día no hiciera más que empezar, sorprendiéndonos. Siempre hay algo nuevo que descubrir», especifica Ana, que añade que la gente se sorprende al ver que hay algo más que amor... Esa gran amistad que tienen y que los diferencia tanto. «Tenemos ese amor y esa amistad de mejores amigos que nos une tanto», asegura ella, que ya puede decir que, al menos de momento, ese ha sido su verano más especial.

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