César Bona: «Se debe aprender sin deberes»

El único español que ha aspirado al «Nobel de la educación» lo deja claro. «Soy exigente, yo a mis alumnos no les regalo nada, pero jamás me gustaría que me tuviesen miedo», afirma a YES el profesor César Bona a un mes de visitar Galicia.


Un maestro no lo sabe todo, advierte César Bona. Da gusto. Lo dice quien ha estado entre los finalistas al Global Teacher Prize. El único español que ha aspirado al «Nobel de la educación». A profesor extraordinario llegó con el tiempo un niño que odiaba las mates, las judías verdes y los libros. «Yo no odiaba leer, ¡devoraba a los Cinco! ¡Y me gustaba mucho Tintín! Y Gloria Fuertes. Odiaba que me obligasen a leer, que es distinto». Escuchemos, primera asignatura de la nueva educación. César Bona advierte que en cada niño hay un talento que debemos descubrir. Y potenciar. Tras La nueva educación, primer libro con el que ha llegado a los 50.000 ejemplares, llega Las escuelas que cambian el mundo, el fruto de lo aprendido por Bona en un viaje que lo ha llevado a siete centros que apuestan por «otra» forma de aprender. Uno de ellos, O Pelouro, en Tui: «Allí pude ver la maravilla de una escuela hecha de niños. Para niños. Sin etiquetas», asegura.

-La nueva educación no es un sueño, es una realidad, sostienes. ¿En qué consiste esta otra forma de aprender?

-Yo he tenido la suerte de viajar por distintas escuelas e institutos y ver que lo que uno soñaba hace tiempo existe, y en algunos casos desde hace incluso 40 años. En cualquier caso, la educación es sobre todo una cuestión de sentido común.

-... que es el menos común de los sentidos. ¿En qué se traduce en lo concreto educar con sentido común?

-El sentido común siempre pasa por escuchar. Porque la educación tiene mucho que ver con las relaciones que establecemos como personas. Somos seres sociales, no se puede perder de vista.

-Parece que nos puede la inercia de lo convencional, unida hoy a un ritmo intenso, fuerte. ¿Cómo lo afrontamos?

-Los niños y las niñas son, muchas veces, la proyección de los padres y, muchas veces, los padres son la proyección de la sociedad. Y no nos damos tiempo de pararnos y pensar que los niños deben tener tiempo para jugar. Debemos hacer también por que vayan felices a la escuela. Estamos aún marcados por eso de «La letra con sangre entra».

-Y eso, jamás, ¿no?

-Jamás. Jamás. Jamás. La meta es tratar de ser felices en lo que hacemos. Ayudarles a ellos, a los niños, a que sean felices en lo que hacen.

-¿Por qué es tan importante jugar?

-Porque los niños crecen y aprenden jugando, ¿no?

- Incluso algunos mayores...

-¡Claro! Pero a veces a los mayores se nos olvida ese gusto por jugar. Parece que al hacernos mayores nuestro rol debe cambiar, y no. ¿Por qué?

-¿Qué podemos aprender padres y profesores de los niños?

-El otro día mantuve una conversación con un psiquiatra. Planteaba: «¿Los niños son buenos por naturaleza o no?» Yo estoy convencido de que sí, de que los niños son buenos. Solo que son muy influenciables, para bien o para mal...

-¿No llevamos dentro de nosotros las dos tendencias, al bien y al mal?

-Es que dependemos mucho de las influencias que tenemos a nuestro alrededor, la familia, la sociedad, los compañeros. Yo sí creo que los niños son buenos por naturaleza, y apelo a que los buenos ejemplos deben ser conocidos para ser imitados. Volviendo a la pregunta anterior, los niños nos enseñan a ver las cosas con ilusión. A veces los subestimamos. Los adultos nos olvidamos de que la magia está en las pequeñas cosas. Ellos la ven. Lo miran todo con curiosidad, algo que deberíamos intentar no perder nunca. La escuela debe trabajar por eso.

-Todos los niños tienen un talento, adviertes, «solo hay que saber abrir la puerta para dejarlo salir».

-Sí. Pero con talento no nos tenemos por qué referir a los chicos que salen cantando en La Voz. Un talento no tiene por qué tener que ser arte. Un talento puede ser saber escuchar o tener empatía o sentido del humor.

-El sistema educativo tiende a medirnos mucho. A hacernos competir.

-Sí, en general sí, y eso hace más daño que otra cosa. Hay una competitividad que está haciendo mucho daño.

-¿Podemos evitarlo en un mundo tan competitivo? El ideal es uno, la realidad parece otra.

-Fíjate, lo que ocurre es que queremos que nuestros hijos sean educados como lo fuimos nosotros. Pero debemos pararnos y reflexionar. Es fundamental. En los colegios deberíamos enseñar a reflexionar, no a meter datos sin más en la cabeza. Porque luego... ¿cómo los usan? La mayoría se olvidan en poco tiempo y otros no saben cómo usarlos. Obviamente, algo va mal. Y luego cuando tú dices que hay escuelas a las que los niños van felices, hay quienes piensan: «Aquí algo raro pasa, ¿pero adónde vamos a llegar?». Y esto sí es el súmmum de los absurdos. Pensarán: «Si son felices, no debe de haber mucha exigencia, ni mucho esfuerzo».

-La falta de presión aún suscita desconfianza. Allí donde no hay deberes todavía se dice: «Qué blandos son».

-Sí, y viene de esa frase que decía: «La letra con sangre entra».

-¿Se puede aprender sin deberes?

-Se debe aprender sin deberes.

-¿A quién implica el reto de mejorar la educación?

-A todos. Administración, padres, profesores. La educación es cosa de todos. No puede existir un muro en la puerta de la escuela.

-Persisten frases como «El que algo quiere algo le cuesta», «Hay que saber ganarse el pan»; es grande el peso de la cultura del sacrificio. Por ejemplo, di que aspiras a ser feliz todos los días y habrá quien te diga: «¿Pero tú en qué mundo vives»?

-«Es que la realidad no es esa», te dirán. Bueno... ¿y qué es la realidad? Para un niño de 5, 6, 8 años, a ver... ¿qué es la realidad? ¿Darles herramientas para el futuro? Hay que darles herramientas para ahora. No se trata de que adquieran conocimientos para vomitarlos en una hoja, como aún ocurre, sino de que ese conocimiento les sirva para algo en la vida. Tenemos que pasar exámenes, eso es así, pero hay maneras.

-En «La nueva educación» revelas que te han marcado los buenos y los malos profesores.

-Totalmente.

-Pero el profesor hueso, el que sabe mucho pero es severo, duro, también enseña, ¿no? Quizá le tenías miedo pero te ha enseñado algunas cosas.

-Bueno, a mí no me gustaría nada que un alumno dijese que me tiene miedo. Me gusta que me tenga respeto, que el respeto sea mutuo. Y con mis alumnos yo soy exigente. Yo no regalo nada. En cualquier caso, no se trata de excluir formas de educar que funcionen. Si funciona, ¡bienvenida sea! La innovación, que ya es un término manido, no consiste en hacer experimentos, también en integrar.

-¿Es necesario el esfuerzo?

-El esfuerzo existe, debe existir, claro. Te encontrarás cosas en la vida que no te gusten, pero te dirás: «Voy a hacerlo porque merecerá la pena».

-Como padres parecemos hoy más frágiles e inseguros que antes, será la otra cara del diálogo y la cercanía con los hijos. A veces pienso que no puedo dar seguridad a mi hija si no le doy respuestas, si a sus dudas respondo con un «No lo sé».

-¿Y eso es malo? Es interesante que nuestros hijos vean que no somos perfectos, es muy conveniente. Eso da pie a un «Yo no sé la respuesta, vamos a buscarla las dos». Tampoco el maestro lo sabe todo. Nunca lo ha sabido.

-¿Las emociones, asignatura clave?

-Como dice una de las profesoras a las que conocí en el viaje por estas siete escuelas, el ser humano está hecho de emociones, y cuando llegamos al colegio parece que no podemos hablar de ellas, cuando son esenciales. Hay que trabajarlas. No es que se trate de quedarse solo con las buenas, de evitar problemas o malos tragos, se trata de saber reaccionar. La resiliencia es fundamental. También en los mayores, hay adultos a los que se les cae el mundo al romper una relación o perder el trabajo. Aprender a gestionar las emociones nos da recursos para la vida. Un estudio del investigador John Hattie concluía que los dos aspectos que más influyen en el éxito escolar son el autoconcepto y las expectativas que los demás tienen sobre uno.

-¿Qué valor tiene la intuición como forma de conocimiento?

-Curioso. ¡Le daré vueltas!

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