La oveja que nació de mama

Fernanda Tabarés DIRECTORA DE V TELEVISIÓN

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09 jul 2016 . Actualizado a las 05:05 h.

Qué distinto era el mundo el día que nació Dolly. Aquel 5 de julio de 1996 la palabra clonación adquiría un nuevo significado. Meses después, cuando el hito trascendió, en las redacciones sonó como un trueno. El gran público sabía muy poquito del desafío científico que se estaba llevando a cabo en el instituto Roslin de Edimburgo, así que cuando tuvimos la primera imagen de aquel borrego en apariencia normal el instinto nos llevó a escrutarlo para encontrar su alma monstruosa. Clonación sonaba entonces a Josef Mengele, a La invasión de los ultracuerpos, a engendros malparidos a desafiar el orden natural. Por encima de todo, Dolly fue una bofetada a los prejuicios y a la superchería, una entrada a una nueva era científica, un paso más hacia la consecución de la inmortalidad.

Solo han pasado veinte años pero 1996 corresponde a otra era. Aquel año murió François Miterrand; el superordenador Deep Blue venció por primera vez a Kasparov; ETA asesinaba a Tomás y Valiente en su Facultad de Derecho; Aznar se convertía en el cuarto presidente desde la muerte de Franco; el informático indio Sabir Bhatia lanzaba Hotmail.com, el primer correo electrónico gratuito; se prohibió la exportación de vacuno británico por la enfermedad de las vacas locas; se celebraron los Juegos Olímpicos de Atlanta; se disolvieron The Ramones; Lady Di se divorció; salió a la venta Tomb Raider y Michael J. Mandel utilizó por vez primera en la revista Business Week el término Nueva Economía. Un guion para una época distinta, sin redes sociales y con la burbuja que empezaba a hincharse a pleno pulmón.

En todo esto andábamos cuando a las 16.30 horas de Londres del 5 de julio John Bracken se percató de que una de las ovejas que estaba a su cargo en el Instituto Roslin estaba a punto de parir. De su vientre saldría un hito científico de primer orden: el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta.

Todo se ha escrito sobre Dolly desde entonces, aunque en lo que menos se ha insistido es en una consideración de una importancia descomunal. La clave está, en realidad, en el nombre de la criatura, interpelada con el apelativo de la cantante Dolly Parton, más conocida a este lado del Atlántico por la hipertrofia de sus mamas que por sus habilidades vocales como estrella del country. Dolly fue clonada a partir de una célula adulta pero más concretamente de una célula de las glándulas mamarias de una oveja de la raza Finn Dorset, muy habitual en Escocia. Una vida alumbrada directamente desde las tetas. El animal fue el primer mamífero del mundo concebido sin concurso alguno de varón, una ruptura total del concepto de procreación establecido por la naturaleza, una sugerencia de que la especie podría seguir adelante y progresar sobre los siglos sin la participación necesaria de los hombres y una irónica referencia a uno de los grandes dogmas sagrados del catolicismo, reservado hasta entonces a dios: la maternidad virginal.

Dolly murió antes de lo previsto, artrítica y bajo sospecha pero fue el principio de muchas cosas. Un nuevo paradigma sobre el que quizás no se haya reflexionado lo suficiente en un mundo que sigue siendo masculino.

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