Las madres tienen el poder

Esto es lo que tiene la superwoman de hoy: hijos. Menos de 45 años, una carrera de éxito y el peso económico en casa. Ellas compaginan familia y trabajo. Y no quieren renunciar a nada. «Somos unas privilegiadas», aseguran

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Y. García

Quién pone en duda el poder de las madres para cambiar el mundo. Entonces, por qué son pocas las que alcanzan el éxito profesional. ¿Pueden con hijos a cargo? Parece que a día de hoy es solo un privilegio de la madre Alfa, etiqueta que se ha puesto a un nuevo modelo social que ha descrito la firma MyWord. ¿Existe o no la madraza que triunfa fuera del hogar? Este es su retrato robot: mujer de entre 35 y 49 años, con formación superior, hijos pequeños y una carrera profesional en ascenso que se traduce en un nivel de ingresos sustancial, igual o superior al de su pareja. La superwoman de hoy, con toda una realidad de matices, tiene una gran diferencia respecto a la de los ochenta y noventa: hijos. Hijos visibles, que crecen y pintan paredes y papeles del trabajo, a veces lloran a gritos cuando uno descuelga el teléfono, interrumpen reuniones «importantes» y cambian, allá donde pueden, formas de pensar y trabajar. La madre Alfa, al menos la mujer de carne y hueso que encaja en el perfil, no asume que familia y trabajo son incompatibles. Pero hay muchas asperezas que limar en esa relación vital en la cuerda floja.

Suplantando al más dotado de la especie, con reventón en Wall Street, ha llegado esta mujer; la que lleva, con días mejores y peores pero en general con buena cara la maternidad, la organización de una casa y una carrera profesional a la que siente que no puede renunciar. ¿Querrían, lo harían, renunciarían a su trabajo para dedicarse en exclusiva a la crianza de sus hijos?

«Lo primero son ellos», afirma Lucía Ardao, madre de dos niños de 9 y 7 años, y directora en Tecnocom. La productora de Vaca Films, Emma Lustres, madre de dos niños de 5 y 8 años, y Mónica Fernández, madre de dos niñas de 6 y 2 y una de las profesionales al frente de Naos Arquitectura, se atreven a abrir la caja de Pandora. ¿Liberamos la esperanza de una vez? «Yo no renunciaría a mi trabajo porque no renunciaría a mi independencia. Y concilio, pero porque puedo. Soy una privilegiada», dice Emma sin miedo al peso de sus palabras.

Hablamos. En un parque infantil. Es viernes por la tarde, los niños de Emma, Mónica y Lucía juegan. Sus madres están a dos cosas. ¿Se puede hacer dos, tres o más cosas a la vez? ¿Es posible ser mujer, madre, tener un puesto de responsabilidad o empresa propia y ser feliz?

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«Soy una madraza»

«Es posible solo si se puede -recalca Emma, ganadora del Goya-. A veces quieres pero no puedes [Emma pone el acento en el poder de ?tener la posibilidad?]. Yo no he tenido que renunciar, concilio porque puedo, unas veces más, otras menos, mejor o peor. Pero me considero una madraza, no creo que haya dejado a medias la crianza de mis hijos por mi trabajo, pero también me considero una gran profesional».

Mientras la pequeña Alejandra se pone a jugar al escondite, su madre, Mónica, resopla y afirma: «Cualquier madre trabajadora es una supermujer, ¿o no?». 

¿Ofende la etiqueta madre Alfa, duelen las jerarquías más en femenino?, ¿es la maternidad una renuncia feliz o condicionada a todo lo demás? Para polémica la que suscitó la filósofa Elisabeth Badinter en el bestseller La mujer y la madre, que ve en la maternidad una nueva forma de esclavitud que, tal como están las cosas, empuja a ser solo madre, a cerrarse a lo demás. La  brecha salarial, las medias verdades y los ideales que atropella la realidad hacen que hoy algunas, puestas a sentirse heroicas, se vean como Spiderwoman, esa mujer a la que solo el sentido del humor le permite vivir en la telaraña de la maternidad compaginada. La periodista Sonsoles Ónega la retrata en Nosotras que lo quisimos todo. «¿Spiderwoman, la mujer atrapada? ¡Nooo, no, yo no me siento así!», dicen Emma y Lucía. Quizá la mayoría de las madres trabajadoras sí.

 Existe un vínculo que se debe proteger, nos advierten, de él depende la felicidad de nuestros hijos, la nuestra, el mundo mañana, pero ahondar en el complejo de mala madre lleva a la impotencia, al pasado, a la pin up con la tarta de cerezas en la mano que «reina» solo en el mundo interior de un hogar. 

«Organiza quien puede»

Rebasemos el umbral de la puerta. «Tu satisfacción como madre y como profesional también depende del equipo que tengas en casa», subraya Lucía. Lo que se cuece de puertas adentro suele escapar de la luz del foco: «Yo tengo suerte con Óscar, mi marido. Somos distintos, pero él es un padrazo, y el primero en valorarme con los niños. Los baños y las cenas son cosa de los dos, ¿si yo lo hago, por qué él no? Cada uno a su manera, pero sin problemas. Si estoy de viaje, se encarga él», comparte Lucía. «Aunque los niños se acuesten tarde y cenen Nocilla...», desliza con humor Emma. Ella no olvida un consejo que le dieron cuando tuvo a su hija, la primera: «Organiza tu casa. Es necesario para irte tranquila. Claro que la organiza quien puede, no basta con querer». ¿Es lo económico clave? «Sí, ¡hombre!, por supuesto».

 Lucía asume la organización, «pero nunca hay malas caras en casa por una decisión que tome. Nunca un reproche si llego tarde o tengo que viajar -asegura-. Recuerdo la vez que me fui a Latinoamérica. Fue duro. Él, mi marido, me apoyó. Hasta hizo una pancarta con los niños para recibirme a la vuelta. Así resulta más fácil». Lucía tiene flexibilidad en el trabajo aun asumiendo un puesto de dirección: «A mí me evalúan por objetivos, no por las horas que esté en la oficina. Es cierto que un día puedo estar en una reunión hasta muy tarde, que a veces me toca trabajar un sábado, pero también puedo hacerlo desde casa. Habitualmente puedo llevar a mis hijos al colegio y comer con ellos al mediodía.  He podido quedarme a vivir en A Coruña. Si empujas en ese sentido, ¿por qué no vas a poder? Si como profesional hago mi trabajo, cumplo los objetivos desde aquí, ¿por qué irme?». A veces hacer una pregunta es abrir un camino.

Encaje de bolillos

¿Cómo lo hace Emma?, ¿qué peculiaridades tiene su profesión? «Es un trabajo muy intenso». Ella está, también en lo profesional, codo con codo con Borja, su marido, que suele ocuparse «del ocio de los niños... y yo más de la parte académica»: «Creo que esto, conciliar, es posible precisamente porque trabajamos juntos, porque él entiende cómo funciona, cómo es». 

El cine puede obligar a Emma a estar semanas o incluso un mes fuera de casa. Pero a veces «apago el ordenador a las a las cinco de la tarde, me voy a buscar a mis hijos al colegio y a disfrutar con ellos el resto del día». La copropietaria de Vaca Films incide en la dedicación que requiere la crianza especialmente el primer año, algo que va cambiando a medida que los hijos crecen y lo hace de forma sustancial cuando los niños empiezan a ir al colegio: «Yo los primeros nueves meses de mi hijo pude pasarlos en casa, con ayuda -cuenta-, pero es cierto que cuando tuve al niño ya estaba mandando e-mails desde el hospital el primer día». ¿Volverías a hacer lo mismo, Emma? «Sí, pude hacerlo, y volvería a hacer lo mismo». «Cuando eres tu propia jefa», observa Emma, las cosas son más fáciles, como es obvio, a la hora de decidir: «Si mis hijos se ponen enfermos puedo irme a casa al momento, cuidarlos, correr a darles mimos. Entiendo que otras personas tienen más problema en esto».

El respeto que Mónica encuentra hacia su vida familiar entre sus compañeros del estudio de arquitectura salta a la conversación: «No hay malas caras si tengo que irme de una reunión por ocuparme de mis hijas. Y el primer año de Alejandra tuve la opción de organizarme para trabajar solo por las mañanas». Jano, padre de sus hijas, es esencial en la crianza: «Yo he tenido suerte en mi trabajo, pero el encaje de bolillos horario con mi marido es fundamental. Si no, sería imposible. Y más ahora, que estamos en plena mudanza». Las tres, Emma, Mónica y Lucía han contratado ayuda en casa. Emma cuenta además con sus suegros, «para lo que haga falta».

«Mamá está siempre»

El mundo laboral sabe, en el mejor de los casos, que la paternidad no se ciñe a horarios. Emma da un golpe al modelo convencional: «Yo a mis hijos les digo: mamá está siempre. Siempre. Puede que no esté ahí físicamente, pero eso digo en casa cuando estoy trabajando: ?Que los niños me llamen cuando quieran, a la hora que quieran, en cualquier circunstancia?». Laura, la hija pequeña de Lucía, también la llama «cuando quiere, es que tiene que ser así». «Yo puedo estar en medio de una reunión importantísima y salgo, claro». Mónica asiente. No lo duda.

¿No se han encargado de inculcarnos que no es posible hacer dos cosas a la vez, que hay que separar lo personal de lo profesional, lo serio de lo infantil, trabajo y crianza? «A veces estoy en casa trabajando y mis hijos corriendo alrededor», dice Emma. ¿Es molesto? «Bueno... -admite-. Cuando no tenía hijos, y hablaba con alguien y oía que tenía al lado a su hijo lo veía poco profesional; soy sincera. Ahora, si estoy con mis hijos y debo resolver cosas de trabajo por teléfono, es diferente. Cuando lo haces con alguien que tiene hijos lo llevas con tranquilidad, piensas ?me va a entender?. Yo no me corto en esto, creo que es una forma de cambiar las cosas, de llevar con naturalidad la situación». 

¿Cómo puede cambiar una madre la forma de trabajar, es posible hoy adaptarla a sus circunstancias? No, no siempre, dicen. Pero a veces una madre sí puede cambiar al menos algo las cosas, como un padre decidido a intentarlo, ¿o no? 

Ahí, aquí, en este parque donde hablamos está el presente con futuro. Niños. Sin ellos, cómo crecer. Sus madres, que son también otras cosas que defienden, les ven felices, crecen con ellos, se dicen: «Parece que no lo estamos haciendo tan mal». «Yo sí me siento una supermujer», asegura Emma. «Somos unas privilegiadas», admiten quienes saben que a veces, solo a veces, querer es poder.

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«La crianza de mis hijas es primordial»

Nació en Suiza pero con solo dos años vino con sus padres a vivir a Lugo. Hace poco que escuchó la expresión «madre Alfa», pero tras conocer su significado se identificó inmediatamente con este tipo de persona. Isabel Díaz, licenciada en Empresariales, está ligada desde siempre al sector de la banca. Tiene 43 años, está casada desde hace 16 y tiene dos hijas: Paula, de diez; e Inés, de seis. «Me siento una mamá Alfa porque creo que reúno los requisitos. Estoy en ese baremo de edad, tengo estudios, decido por mí misma y compagino mi carrera profesional con la faceta de ser madre. La crianza de mis hijas es primordial», asegura Isabel, quien trabaja en una oficina de Caixabank en Lugo en horario de mañana y dedica las tardes al cuidado de sus hijas. 

«Mi madre me apoya»

El marido de Isabel trabaja en una planta de hormigón y está todo el día fuera de casa. «Por las mañanas, mi madre está al tanto de las niñas, pero por las tardes me encargo yo. Las tres vamos a actividades. Yo voy a clase de francés y ellas van a yudo, piscina, inglés y zumba», relata esta madre feliz implicándose de lleno en la crianza. «Me siento muy realizada y desarrollar esta tarea me produce una satisfacción absoluta», relata. Isabel reconoce que la colaboración de su madre es clave  en su vida e hizo que no tuviese que coger una excedencia en el trabajo. «Mi marido me apoyó y me apoya, pero trabaja por toda la provincia y no puede ocuparse del cuidado de las niñas», explica. Isabel también se preocupa por su aspecto físico ? nunca sale de casa sin pintar la raya del ojo? y por su  bienestar. 

Lleva una alimentación equilibrada, complementa su dieta con vitaminas y practica deporte. «Necesito mi espacio para hacer este ejercicio; es una válvula de escape que me permite desconectar», explica. Otra de sus actividades favoritas es acudir a la biblioteca con sus hijas. «Vamos con frecuencia. Me encanta leer e inculcarles a ellas el gusto por la lectura», explica esta amante de la literatura  y de la historia. Y del tiempo con sus hijas.  

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«Organizarse é a base para levalo ben»

Rojo. Es el color de los labios y los zapatos con los que Sandra Gómez (Monforte, 1975) posa para YES. Aroa (8 años) y Carla (7), sus hijas, la rodean en el espacio infantil de la farmacia burelense O Parque de Burela, que Sandra regenta con otra socia. Por el tono del calzado, la veo como nuestra Dorothy desfilando por el camino de baldosas amarillas rumbo a Kansas. Será coincidencia. ¡El Mago de Oz se representa ese fin de semana en Burela! Al poco de entablar conversación, puedo decir, y digo, que es madre Alfa. «Nunca oín esa expresión», contesta. Como otras mujeres multitarea, lleva negocio, casa, crianza, etcétera...  casi sin despeinarse: «Creo que tes que ser constante na vida para conseguir algo -afirma-. Coas nenas fixen igual, porque son moi metódica e moi organizada. Creo que é a base para que o poidas levar ben». Lo que dice mamá va a misa: «Son estricta dende que naceron(...) É un traballo a facer dende que son moi pequenos». Cuando apenas pronunciaban gugu gaga, Sandra les explicaba que papá y mamá trabajaban para «ganar dinerito y comprar cositas». Todo lo hace por ellas, «que son o máis marabilloso do mundo»: cose el vestido de la Primera Comunión, hace cena de puchero, las tres van juntas a baile regional, andan en bici... Sandra no tiene varita pero sí dos «palabras máxicas» que sus hijas integraron: respetar y compartir.

Ellas lo valen

Todo ello compaginado con la responsabilidad de una farmacia, donde trabaja una semana de mañanas y otra de tardes, y con la ayuda de su pareja. La media naranja es Miguel Neira, gerente de Armadores de Burela S.A. en Burela. Con respecto a su estatus laboral, ganado a pulso, comenta Sandra: «Fíreme na alma cando me din ?Claro, es que tú eres farmacéutica?. Eu saín dunha familia moi humilde e todo foi froito do meu esforzo. Por iso sempre lles inculco ás nenas tamén o valor do traballo e na casa elas sempre colaboraron e foron moi partícipes». 

Por último, la imagen. En su caso, señala a la genética como su gran aliada, más allá de potingues. Ahora que la maternidad, en su caso, está más que rodada, se cuida y mima más. Aunque reconoce que el deporte es su asignatura pendiente, no así la alimentación de la familia, muy sana. Ella cocina en casa: «Aquí nada de precocinado».

¿Un súperpoder?: «A ilusión, e as nenas, que me recargan as pilas».

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