Sienta en la silla su ingeniería técnica, sus estudios complementarios, su año de experiencia laboral, sus veintipico años y sus ganas de trabajar como un loco. Antes de cruzar la puerta le han obligado a quitarse la dignidad porque llevarla puesta sería como vestir un forro polar en una sauna. La empresa -de Vigo, unos 30 millones de facturación- quiere contratar un ingeniero industrial y pagarle 540 euros brutos al mes. Son cien menos que el salario mínimo interprofesional. Gracias a una beca bonificada por el Estado para formación de personal, ficha a un trabajador ya formado, al que paga cuatro duros al mes sin perspectivas de hacerle un contrato; cuando se acaba el plazo de formación lo pone en la calle y que pase el siguiente. Pero el caso es que ahí está sentado con su camisa recién planchada cuando le espetan:
-¿Y tienes novia?
Se le tensan los músculos.
-¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Sigue pálido.
-¿En qué trabaja y cuánto lleva en esa empresa?
Los datos son vitales, al parecer, para el puesto de ingeniero que busca esta empresa y para el que hay 300 aspirantes haciendo cola.
-¿Qué coche tienes y cuál es la matrícula?
Y hay más.
-¿En qué trabajaban tus padres?
Etcétera.
Unos meses antes de esta entrevista, miles de personas hacían cola ante la Zona Franca para una feria de empleo. «Me vale cualquier cosa», decían muchos en la puerta. Hace unos años, tener trabajo dignificaba, porque te convertía en alguien oficialmente útil para la sociedad, en uno de los nuestros. Ahora hay ofertas que deberían advertir, en sus anuncios: «Absténganse quienes quieran conservar la dignidad».
angel.paniagua@lavoz.es