«No todos los jóvenes somos irresponsables»

CELIA EIRAS VIGO / LA VOZ

MOS

XOAN CARLOS GIL

Cinco jóvenes vigueses llaman a cumplir las normas de prevención para frenar la expansión del covid

11 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La transmisión del covid en menores de 30 años se ha desbocado. La quinta ola, que ya supera el pico de la cuarta, es una realidad, y existen razones para creer en un problema de cumplimiento de las medidas por parte de la población aún no vacunada. Pero no todos los jóvenes son, ni se sienten, responsables de este repunte. Paula Rivera tiene 25 años y vive en Mos. Sabe que aunque la situación ya no es tan crítica para sus padres y abuelos, el riesgo de contagiarse no ha desaparecido: «Debemos mantener las medidas, evidentemente dentro de una lógica y sin caer en la hipocondría, pero siendo prudentes», explica.

Existe una percepción generalizada de que la situación ha mejorado, por lo que se puede bajar un poco la guardia. Pablo Lourido, de 25 años, afirma sentirse más tranquilo: «Si cometo un error involuntario, es menos probable que ponga en riesgo a una persona vulnerable».

El cese de la obligatoriedad de la mascarilla en espacios abiertos ha provocado una sensación de distensión. Pero la medida no ha alentado a Marta Sanjiao, de 20 años, a saltarse la norma: «Salvo que no haya nadie por la calle, siempre llevo la mascarilla puesta». Para Paula, ya es una cuestión de costumbre: «Te la quitas y te sientes desnuda; sin ella, yo me siento insegura con cualquiera que no sea mi madre». El problema de las mascarillas surge, más bien, en reuniones con gente cercana. La pontevedresa de 24 años Alba Vilar procura «llevarla siempre», pero confiesa que la mayoría de sus amigos no hacen lo mismo.

«Considero que si me relaciono con un círculo pequeño, no debería haber problema», señala Marta, haciendo referencia a las amigas con las que queda todos los días. Un total aislamiento social -y los perjuicios psicológicos que este conlleva­- no podría sostener una «nueva normalidad», por lo que se ha acabado por arriesgar una cierta seguridad en otros ambientes cerrados y cercanos fuera del familiar.

Este tipo de reuniones ya tenían lugar hace uno o dos meses, cuando se registraron las cifras más bajas desde el inicio de la pandemia. Y estas chicas continúan con la misma rutina. Aurora Rodríguez, mindoniense de 23 años que actualmente reside en Vigo, asistirá la semana que viene a una fiesta de cumpleaños a la que acudirá bastante gente. Tienen claro el protocolo a seguir: «Nos haremos todos una prueba de saliva, que la ofrecen gratis en la farmacia, para asegurarnos que no hay ningún positivo». ¿El problema? «Tendremos que hacernos el test dos días antes para tener los resultados a tiempo, por lo que corremos el riesgo de contagiarnos hasta que llegue la fiesta», admite. Tampoco tienen en cuenta la posibilidad de que un contagio reciente no dé un resultado positivo en la prueba.

El cansancio

«La gente está cansada de restringirse», justifica Marta. Pero para Paula no hay excusas que valgan ante la irresponsabilidad: «Aunque es un esfuerzo increíble, hay que ser conscientes de que tenemos aún toda la vida para vivir», añade.

Pablo, que trabaja en una fábrica durante los fines de semana, opina que los jóvenes han sido «sistemáticamente culpados del incremento de contagios», con lo que no está de acuerdo: «Pones una foto del botellón y parece que somos los únicos que provocamos contagios, y no pones a la gente hacinada en algunos lugares de trabajo». Además, «parece que a toda la gente joven se la identifica con una práctica ilegal como el botellón», se queja.

Paula trabaja de cajera en un supermercado y evidencia que los más jóvenes no son los únicos relajados: «El pan de cada día son clientes que no quieren ponerse la mascarilla porque están vacunados». «Siempre tiene que haber una cabeza de turco, cuando al final la culpa es de todos», sostiene.

Las instituciones tampoco están exentas de responsabilidad. Alba opina que «la desescalada debería haber esperado un poco más». Como Marta, que tilda la reapertura del ocio nocturno de precipitada. No obstante, según Pablo, los bares permiten «tener un control de quién está en qué sitios y con quién». «La no apertura provoca que la gente haga botellón», subraya.

Para Aurora el problema es de raíz: «Redujeron cualquier oportunidad de ocio durante el curso, pero la carga de trabajo se ha mantenido. Ahora que quieren los bares abiertos, el problema es el botellón. Igual deberíamos plantearnos pensar otras alternativas para pasarlo bien que no consistan en beber».