Bailarina en la cocina

La viguesa Maite Quiñones, directora de una escuela de danza en Cangas que ha tenido que cerrar, idea una fórmula no perder el ritmo y ofrece clases gratis a sus alumnas

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Clases de ballet desde la cocina La profesora de ballet Maite Quiñones conecta cada día con las alumnas de su escuela en Cangas cerrada por la crisis sanitaria

vigo / la voz

La adversidad pone a prueba la imaginación y las ganas de seguir haciendo cosas. Tocar música en los balcones es factible porque el sonido viaja, pero... ¿es posible dar clases de ballet? Pues también, aunque con sus lógicas limitaciones.

Lo demuestra la bailarina Maite Quiñones. La viguesa, que tiene en Cangas su escuela de danza, tuvo que cerrar las puertas como todos los centros de enseñanza con motivo de la crisis sanitaria. Pero el confinamiento no le ha parado los pies y mucho menos, la cabeza. La profesora la ideado una fórmula para que sus alumnas sigan activas, a pesar de que la actividad de la escuela esté parada y Quiñones ya de el curso por perdido ante la imposibilidad de retomarlo hasta no se sabe cuando.

«Cuando empezó esta situación ya intenté que la actividad no se frenase del todo y les enviaba material a las alumnas, vídeos o tutoriales sobre distintos temas, por ejemplo, cómo se hace un moño y algunas nociones teóricas. Además, todas las semanas las niñas me iban enviando fotos haciendo ballet y con ese material hacíamos un vídeo de todo su trabajo. A otras les encargaba tareas como poner en marcha un ejercicio de clase para hacerlo a la vuelta, pero la cosa se iba prolongando y decidí que había que hacer algo más», cuenta.

La directora del centro se puso en contacto con otros compañeros con compañías de ballet y escuelas también a su cargo, y descubrió el mundo de las plataformas digitales para comunicarse a distancia pero con imagen. Confiesa que se pasó una semana probando, peleándose con el ordenador que conecta a una pantalla de televisión y sufriendo hasta lograr que todo funcionase. «Me salía humo por la cabeza», reconoce. Empezó probando con las aprendices mayores, funcionó, y ahora ya trabaja con cuatro grupos que se citan todos los días por vía telemática: el grupo de las medianas, las pequeñas y las aún más pequeñas, de entre 7 y 8 años. «Evidentemente, las clases no son iguales y son más fáciles, son adaptadas porque no hay trabajo espacial ni interacción entre nosotros, pero bueno, es una forma de mantener el contenido y repasar los ejercicios que sí se pueden hacer», argumenta.

Maite Quiñones no deja de ver ventajas en el experimento: «Les ayuda a mantener la rutina y no pierden el contacto, hasta tal punto que ahora me piden no solo verme a mí, sino verse entre ellas al empezar y al terminar, como si entraran en el vestuario, que es algo que me parece muy bonito. A veces se nos corta la música y tienen que trabajar sin escucharla, lo que es buenísimo también», justifica la profesora que valora que, «dentro de esta desgracia sacamos aprendizajes. Es parte de la pedagogía, en situaciones complicadas, buscar soluciones» resume.

La maestra baila y las alumnas la siguen. Ella las ve a todas, cada una confinada en su pantalla, como en un VAR de ballet donde al ojo electrónico no se le escapa ningún movimiento y lo puede grabar. «Así las voy corrigiendo», anota, especificando que el abanico de ejercicios se reduce a los de barra, que son los de la preparación al baile, porque lo de saltar ya es más complicado en los pisos.

Cada niña se conecta desde donde puede y los padres, súper implicados, se desviven haciéndoles espacio para la cita, asegura. Maite se conecta desde la cocina, asida a su encimera, que, por cierto, acababa de instalar. Nunca pensó que la iba a estrenar como estudio de danza, pero... ¡ni tal mal!

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