Maxi Rodríguez, 46 años de muchos vinos y bastantes rosas

Piloñés de Villamayor, se fue a Suiza para no hacer la 'mili', de donde vino con el título de sumiller y casado para convertirse en maestro y guía de la joie de vivre en el Oviedo del último medio siglo


Oviedo

Hay muchos Maxis. Está el Maxi de El Reconquista, el Maxi del Triqui-Traque, el Maxi del Portofino, el Maxi de Del Arco, el Maxi de La Corrada del Obispo, el Maxi de La Taberna del Zurdo, el Maxi de Entrevinos, el Maxi de Coalla? Muchos Maxis, pero todos están en la biografía de Maximino Rodríguez Marina, piloñés de Villamayor, que este segundo domingo de junio pondrá fin a una larga carrera profesional dedicada a descubrir a miles de ovetenses y asturianos la joie de vivre que importó de sus aprendizajes juveniles en Suiza y Francia.

Maxi Rodríguez fue un apóstol del vino en tierra de paganismo sidrero. Cierto es que en Asturias siempre se bebió mucho vino. Sin embargo, el tastu del asturiano era rudo, sin educar, y eso que despreciaba con aspavientos los vinos llariegos de las tierras de Cangas. Se debatía entre dos síndromes vinícolas: el del pelleyu, que llegaba de las vecinas tierras leonesas o gallegas con baja graduación, mucha acidez y bastante agua, y el del 'etiquetismo', principalmente si era de La Rioja, que llenaba las copas de cristal más fino.

Maxi Rodríguez, con 18 años, decidió que el servicio militar no era para él. Optó por salir de España y se fue a Suiza, donde realizó todo tipo de trabajos y comprendió que el oficio de hostelero era algo muy distinto a aquellos personajes con malvino y uñas negras que conoció por los chigres. Allí educó su paladar y sus maneras para los tiempos que se avecinaban. «Un día vi un letrero que anunciaba cursos de formación de sumilier», recuerda Maxi, «y aquello de soumillier, así en francés, me sonó bien y me pareció importante; así que lo hice y hasta ahora».

Aquel aprendizaje en la Europa civilizada le permitió a Maxi Rodríguez emprender a principios de los años setenta del siglo pasado la evangelización etílica de los asturianos. Llegó con un título desconocido en estas tierras y casado con una guapa francesa. Lo hizo para incorporarse a la plantilla de La Parrilla, el restaurante del Hotel de La Reconquista, por entonces un lujo al alcance de muy pocos. Era un lugar reservado para la burguesía local con aspiraciones de cepillarse la caspa franquista de las hombreras y para los visitantes de Dodge Dart y secretaria amante. También era el establecimiento -lo sigue siendo- para las divinidades seculares, que acudían a los escenarios del Campoamor o del Filarmónica. ?Recuerdo a Luciano Pavarotti, con aquellos fulares protegiendo su garganta de oro y reclamando que quitásemos el aire acondicionado. Todo era nuevo, veníamos de los tiempos de la fame y de mucha necesidad y, de repente, nos encontramos con otros hábitos sociales, ya no reservados a unos pocos?.

Hubo un paréntesis madrileño en la biografía profesional de Maxi Rodríguez. En 1977 se fue el primer music-hall que abrió sus puertas en Madrid y que daba relevo a los viejos cabarets y cafés-cantantes de la posguerra y el desarrollismo. Era el Top Less, propiedad de uno de aquellos pied-noir huidos de Argelia y protegidos por Franco, y que se convirtió en uno de los templos del destape de los años de la transición. Allí Maxi hacía de camarero, pero también de improvisado actor, aprovechando ese perfil de galán de Villamayor. Fue un paréntesis. Aquella sala de fiestas de la madrileña calle Padre Xifré se convirtió tiempo después en el Rock-Ola, catedral de la movida musical española de los años ochenta.

De vuelta en Oviedo, se incorpora a la discoteca Triqui-Traque, en la calle Foncalada, una de las esquinas del incipiente moderneo ovetense. De allí, Maxi Rodríguez da el salto a González Besada, donde abre su propio negocio, el Portofino, un bar de copas bien elaboradas y alérgicas al habitual garrafón, donde la progresía intelectual de profesores, periodistas y demás profesionales con aspiraciones de eternidad apuraban los últimos tragos de la noche.

La educación de los paladares hizo que la restauración buscase nuevos horizontes. El restaurante Del Arco, en la plaza de América, necesitaba un sumilier de primera fila y quien mejor que Maxi Rodríguez. Allí mostró sus habilidades y empezó a otear otros horizontes vinícolas, más allá de los riojanos. Pero siempre fue un hombre inquieto. Tras cinco años en uno de los pilares de la gastonomía ovetense, dio el salto a La Corrada del Obispo y, posteriomente, a La Taberna del Zurdo, con Rodrigo Roza, recién salido de la cocina de Juan Mari Arzak.

En mayo de 2001, Maxi decide volver a ser su propio patrón. Se asocia con Javier Bernardos y ambos ponen en marcha, en la calle Campomanes, el Entrevinos.  Allí no se bebía vino, se aprendía a beber. Y también a vivir. Los consejos de Maxi y de Javier se convertían en lecciones de geografía por los pagos y denominaciones de origen de toda España. Fueron los responsables de que los Riveira Sacra, los Penedés, los Bierzo o los Prieto Picudo, sin olvidar el vinu de Cangas, se incorporasen al vocabulario de los que sólo sabían pronunciar la palabra Rioja o, como mucho, Ribera del Duero. Pero no fue sólo ese su acierto. Entrevinos fue un modelo que siguieron otros muchos hosteleros y que convirtió las calles Campomanes y Manuel Pedregal en una de las rutas de ocio del Oviedo de principios de este siglo.

En 2011, Maxi Rodríguez es fichado por la cadena Coalla Gourmets para la apertura de su tienda en El Fontán, un rincón de la exquisitez, donde los anaqueles llenos de botellas muestran que el cuidado de los sentidos no se restringe sólo al buen gusto. Recorrer las estanterías con la guía de Maxi es adentrarse en el mapamundi de los sabores y los olores. Seguir sus consejos, es acercarse a un modo de sabiduría pegado a la tierra. No hay engaño en sus palabras, siempre atina en su recomendación. Allí ha estado cinco años impartiendo lecciones, que se extendieron semanalmente a LA VOZ DE ASTURIAS y a La Nueva España.

La biografía profesional de Maxi Rodríguez es también la de la educación sentimental del paladar de los españoles. «Antes se bebían los vinos por la etiqueta, ahora el consumidor de vino tiene un gusto más afinado, porque no hay sólo una voluntad de saborear, hay un deseo de conocer los porqués de los sabores y aromas», afirma quien fue nombrado en la década de los ochenta Mejor Sumillier de Asturias. Maxi Rodríguez es consciente de que, pese a los pasos dados, el consumo de vino en España aún es bajo. «Se beben mejores vinos, porque todo el proceso ha progresado notablemente, desde el cuidado de la tierra hasta el diseño de la etiqueta, pero aún el consumo es muy bajo en relación a otros países de nuestro entorno», sostiene, «más cuando la relación precio/calidad de los vinos españoles supera a los de Francia e Italia, las otras dos potencias vitivinícolas».

No obstante, se muestra confiado en el futuro. «Los jóvenes cada vez saben más de vino y lo consumen, porque están más informados y, sobre todo, abiertos a nuevas fronteras». Esa huida del dogmatismo etílico ha hecho que junto a los vinos más próximos y conocidos convivan otros de Australia, Israel, California, Argentina o Chile. «La mundialización también ha llegado al mundo del vino», afirma, «hoy se bebe vino de Cangas en restaurantes de Londres y Nueva York; ¿quién se lo iba a decir a los viticultores del suroccidente asturiano de hace sólo treinta años?».

Una de sus apuestas personales es que el vino de las tierras de Cangas, el vino de Asturias, se consolide. Ahora con la denominación de origen se han dado pasos importantes, «pero queda mucho por andar», precisa, «los productores tienen que asentar el concepto del vino que quieren hacer y avanzar en creatividad, a lo que hay que sumar el apoyo institucional necesario porque este sector tiene porvenir económico».

Este segundo domingo de junio de 2016 será el último de trabajo detrás de un mostrador para Maxi Rodriguez. Han sido 46 años de dedicación a una profesión exigente, sacrificada, pero a la vez con múltiples compensaciones. Pero habrá un Maxi más que sumar a los múltiples Maxis que hemos conocido. Este, desde su refugio en Villamayor o en suveranos en la Provenza, seguirá persiguiendo y descubriendo vinos imposibles, orujos mágicos, cervezas misteriosas o sidras con hechizo. Todo ello por seguir degustando la joie de vivre. Que sea por muchos años.

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