«Estoy herido, lloro todos los días porque el restaurante Di San Remo era mi vida»
VIGO
El fundador de la marca de helados entrega las llaves del restaurante de Samil y recuerda cómo levantó su imperio desde cero
21 nov 2025 . Actualizado a las 01:18 h.Senen Pérez Laiz, que hoy cumple 78 años, entregó el lunes las llaves del emblemático restaurante Di San Remo que abrió en 1985. Para él, la devolución al Concello tras terminar la concesión supone el cierre de la etapa más importante de su vida, la que consolidó a un empresario que marcó un antes y un después en la industria del helado en Galicia.Su historia profesional arranca en 1982, cuando abrió su primer local en la calle Carral. «No sabía hacer helados bien», recuerda. Por eso pagó un millón de pesetas al mejor heladero italiano que conoció en Alemania, un maestro llamado Gigi. «Fue el dinero mejor invertido de mi vida. Pagar por la experiencia».
Aquel arranque coincidió con el Italia-Polonia del Mundial y, aunque su idea inicial era registrar la marca San Remo, no pudo hacerlo por coincidir con el nombre de una ciudad. De ahí surgió el definitivo Di San Remo.
El éxito fue inmediato: llegó a ofertar hasta 70 sabores y las colas comenzaron a rodear el local. Desde Carral expandió una cadena que llegó a Urzaiz, Rosalía de Castro, María Berdiales, Vilagarcía, las estaciones de bus y tren, los dos Alcampo, Portugal y toda Galicia. «Tuvimos 740 puntos de venta y una fábrica que abastecía Galicia, Oporto y León». Esa planta, asegura, sigue preparada para volver: «Di San Remo está dormido. El día que despierte será una bomba», asegura.
En Samil creó su obra maestra. Ganó la concesión en 1985 y levantó un local que combinó heladería, restaurante y servicios públicos. Instaló el histórico tobogán acuático que atrajo a visitantes de toda Galicia y llenó el establecimiento durante décadas. «Había que reservar con una semana de antelación para comer», recuerda. En temporada alta llegó a emplear a más de doscientas personas en sus negocios. «Dormía en una hamaca dentro del local para atender todo», cuenta.
Ahora ha entregado el establecimiento con pena porque hubiera deseado una prórroga, pero sus palabras son de agradecimiento a los vigueses. «Agradezco a todo Vigo y a todo el mundo las facilidades que me han dado. Gracias a ellos he sido lo que soy», afirma. No obstante, reconoce sentirse herido por el cierre. «Lloro todos los días. San Remo es mi vida. He trabajado días y noches para levantar esto», afirma.
Una infancia dura
Su fortaleza nace de una infancia durísima en Fabero del Bierzo. Pastor desde los ocho años, pasaba los días solo en el monte, empapado, calentándose con el fuego que él mismo hacía. Un día, agotado por la pobreza, subió a unas rocas y gritó al cielo pidiendo algo más. Asegura que escuchó una respuesta que nunca olvidó: «No te preocupes. Tendrás más de lo que tienen los demás. Ahora sabes lo que es no tener nada». En otra escena decisiva pidió pan fiado para su familia. «Le dije al panadero: hoy soy un niño y necesito darle de comer a mi madre y a mis hermanos. Se lo pagaré cuando pueda». El panadero Antonio respondió: «Aquí tienes la panadería abierta para lo que necesites». Reconoce que aquel gesto «fue lo más hermoso que escuché en mi niñez y me marcó para toda la vida».
En 1960 emigró a Alemania con 12 años. Trabajó descargando fruta de noche, arreglando zapatos, limpiando en un hotel, estudiando hostelería y vendiendo libros. En esta última etapa incluso llegó a pasar por el calabozo por vender sin licencia.
En 1977, cuando llegó a Vigo de vacaciones, la ciudad le recordó de inmediato a la localidad germana de Kiel y sintió que aquel paisaje y aquella luz podían ser su hogar. Vio la ciudad que quería y se quedó. Lleva 60 años casado con Milagros Porras Escarpa, a quien considera el pilar de su vida. «Gracias a ella soy lo que soy». Y deja una frase que condensa su historia completa: «Todo Vigo ha disfrutado conmigo. Yo he dejado la piel por esta ciudad».