El templo del rock vigués celebra 35 años, los dos últimos con una mujer al mando, Marta Álvarez, que lucha por logra un equilibrio entre mantener su esencia y aportar más inquietudes al local
03 oct 2025 . Actualizado a las 15:35 h.Hace justo ahora dos años, el templo del rock vigués, La Iguana Club, cedía el testigo a una mujer dispuesta a llevar las riendas del sacrosanto lugar que tantas noches de diversión ha proporcionado a su clientela. Su último gestor, el artista y músico Billy King, se desprendía de su última atadura con la hostelería después de más de 30 años de ajetreo noctámbulo otorgándole carta blanca a Marta Álvarez Echaide junto a las llaves del local.
«Haz lo que te apetezca, que no te pese el nombre», cuenta que le dijo cuando estaba sopesando hacerse cargo de un bar con una carga sentimental que suponía un peso extra para cualquiera que se hiciese cargo del mismo. Siendo además mujer, ya tenía la mitad del odio ganado antes de empezar. Y ¡oh, sorpresa!, así fue. Los puretas de La Iguana casi acaban con ella, pero Marta Álvarez tiene demasiada determinación para dejarse hundir por las opiniones de un puñado de cuñados de las barras, veteranos de la noche y expertos en casi todo que cuando la vieron al frente de La Iguana no hubo piedad.
Con el papeleo en regla, Marta llegó a la puerta de La Iguana el 1 de octubre del 2023 tragando saliva, como si fuera a atravesar el pórtico de una catedral impregnada de incienso, vestigios de nicotina y mitomanía. No se lo podía creer. La Iguana Club era su bar.
El cómo llegó hasta allí es otra historia. La viguesa, que cumplía un año de vida cuando La Iguana se inauguró el 13 de diciembre de 1990, cuenta que nunca se lo habría imaginado si se lo dicen hace unos años, ya que estudió Educación Infantil e Integración Social y su trayectoria apuntaba a otro lado: «Siempre me encantó trabajar con niños y estuve muchos años empleada en el sector», afirma. Pero una mala experiencia en un centro hizo que abandonara esa parcela. «Quería salir rápido y me metí en el mundo del comercio, pero luego me surgió la posibilidad de empezar a trabajar en ocio nocturno en otro local en Churruca, en La Radio. Descubrí que me gustaba mucho y lo pasaba muy bien, nunca había estado en hostelería ni nadie de mi familia, a excepción de mi hermano, que después estuvo en La Fábrica de Chocolate», explica.
Coincidió que cuando en La Iguana todavía se celebraban conciertos (una denuncia vecinal aplastó cualquier posibilidad de redención decibélica a pesar de cumplir todo lo legalmente posible) necesitaban más personal. A través de una amiga le llegó aquella oferta complementaria que podía seguir compaginando con el otro bar. Marta ya conocía el local, había ido a conciertos allí también siendo más cría, pero reconoce que en aquel momento llevaba tiempo sin ir. «Y de repente sentí que encajaba muy bien con mi personalidad, mi manera de trabajar, mis gustos, sentía que realmente estaba en un local que me definía a mí también como persona en muchos aspectos», explica la empresaria viguesa.
De cubrir huecos pasó a ser la encargada y el buen entendimiento con Billy King logró que cuando él quiso dar carpetazo a los bares, ella fuese su persona de confianza. Le planteó el traspaso y tras darle muchas vueltas porque además estaba encantada en La Radio, dijo que sí: «Fue una mezcla de felicidad e ilusión, pero también mucho miedo», reconoce. El apoyo económico de su padre allanó aún más el terreno que le evitó la visita al banco para pedir un crédito.
Marta asegura que el rock and roll es la música y el estilo en el que se ve reflejada, pero reconoce que se lo han hecho pasar mal. «Me he puesto una mochila de peso yo solita y me ha pasado factura porque me he centrado tanto en querer recuperar el local y contentar un poco a todo el mundo que me pudo la presión», confiesa añadiendo que lleva este tiempo escuchando con frecuencia sentencias que le han hecho daño: «La Iguana ya no es lo que era. La Iguana está muerta. Cómo puede estar sonando esto en La Iguana. Qué vergüenza, nos vamos de aquí... etcétera», repasa. «Me sentí muy pequeñita ante aquella avalancha de maldad, críticas infundadas y rumorología, pero ahora soy más fuerte», advierte. La responsable del local asegura que se está dejando la piel para conservar la esencia y harta de que le digan qué tiene que hacer. «Voy a hacer no solo lo que me da la gana, sino lo que veo que es bueno para el local». Y a falta de poder hacer conciertos, ha empezado, por ejemplo, a trabajar con colectivos de otros tipos de música, en su mayoría electrónica y derivados, con Komodo Kids, (Lino y David), como Dj's residentes. Amante del mundo de la moda, heredó también el diseño del mítico logotipo de La Iguana. «Para mí fue un gran orgullo que Billy me dejase seguir y aparte me dejó libertad creativa tanto en formas como en colores. De hecho incorporé una pequeña modificación al logo clásico por sentirlo un poco más mío y darle mi toque», cuenta sobre un exitoso merchandising que lleva a muchos clientes a acercarse al bar solo para comprar la camiseta aunque han aumentado el catálogo y las tonalidades, y también hay bolsas y sudaderas. Además, por el 35 aniversario van a hacer una camiseta especial, pero se resiste a la venta online: «¡Que se vengan y además de tener el recuerdo, vivan la experiencia!», recomienda.
Lo que le apena es no poder seguir organizando conciertos «porque los bares con música de Vigo estamos en un callejón sin salida», lamenta.
Dirección: En el número 14 de la calle Churruca, en Vigo.