Roger, el músico de las marionetas de Príncipe, se va de Vigo tras 40 años... salvo milagro

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

VIGO CIUDAD

XOÁN CARLOS GIL

El artista callejero por obligación expone en el bar A Póla una recopilación de los títeres que construye antes de hacer la maleta rumbo a la Bretaña

06 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Roger Sainz Almoguera, más conocido como Roger de Muskaria (el nombre antiguo de Tudela, en vasco), lleva 40 años en Vigo, desde que su familia se mudó desde Navarra a la ciudad, cuando su padre fue contratado en la empresa de frío industrial Ramón Vizcaíno, una de las pioneras del sector. Roger tenía diez años en 1963 y llegaron para quedarse. De adolescente agarró la mochila y se fue a recorrer mundo, pero a los 18 estaba de vuelta y desde entonces Vigo es su ancla, aunque se haya marchado decenas de veces durante largas temporadas, sobre todo a Irlanda y a la Bretaña francesa, a las que le une el amor por el paisaje y la música celta.

El tudelano pinta, es artista y músico, toca una decena de instrumentos y nunca se cansa de aprender. El último artilugio del que saca notas es una anglo concertina. En Vigo es un personaje popular que toca mientras mueve las marionetas que también construye él mismo. La calle ha sido su escenario durante casi toda su vida, pero advierte que no ha sido por elección. «Me dicen que si soy un bohemio y un espíritu libre, que queda muy bonito y muy hippy, pero han sido más las circunstancias que otra cosa, me encanta hacer disfrutar al público, pero yo prefería estar calentito tocando bajo techo que pasar frío en una esquina, y nunca he conseguido ese estatus», lamenta. En el reciente festival dedicado a los músicos callejeros, fue uno de los participantes. Está un poco cansado del tute que supone su puesto de trabajo, pero no piensa rendirse. «Jamás me jubilaré, mi vida es el arte y amo a Vigo, pero nunca encontré apoyo para dar salida a mis múltiples facetas, relegándome a tocar donde podía», cuenta.

Roger, que tiene ahora 72 años, se ocupó de cuidar de su madre, Celia, en el hogar familiar en el centro de Vigo hasta su fallecimiento, pero las discrepancias con otros miembros de la parentela respecto a la propiedad que habita y el reparto de la herencia, le obligan a abandonar su casa en cuanto aparezca un comprador. «Tal y como está el mercado inmobiliario, veo imposible poder seguir en Vigo, yo no me quiero ir, pero las cuentas no me dan y si no encuentro algo a un precio asequible, me veré tristemente obligado a marcharme a otra zona. Si surge la posibilidad, en un barrio de la periferia en una pequeña casita, prefiero eso a cambiar de ciudad», reconoce. Sin embargo, para empezar va a marcharse una buena temporada a tierras galas, aunque ahora siempre pendiente de lo que ocurra con el piso. «Si tengo que dejar Vigo no será porque no me guste sino por los precios de la vivienda», resume.

Mientras tanto, empieza a vaciar de recuerdos la casa en la que ha pasado más de la mitad de su vida y algunos de ellos protagonizan una exposición en el bar A Póla, en el Paseo de Alfonso XII. Allí están en exhibición y venta algunas de las decenas de personajes, clásicos y urbanos, que ha construido para bailar al son que él toca. Hay varios modelos humanos y animales, diferentes razas de perros y hasta un dinosaurio con la camiseta del Celta.

Al tudelano vigués también le gusta que le llamen Roger Kertxori: «Es una palabra mitad bretona y mitad vasca que significa «donde vive el pájaro», explica el artista que arranca un hipotético adiós organizando una paulatina despedida agobiado por la presión inmobiliaria, aunque espera un final feliz.

«En A Póla me han dicho que mis piezas se pueden quedar en exposición hasta que lo necesite y que si quiero traer más tampoco hay problema», cuenta el autor que a lo largo de su trayectoria ha realizado exposiciones de pintura pero «también he escrito dos libros y poemas sueltos, he construido dos comparsas de cabezudos, títeres, marionetas y teatrillos, colecciones de pirograbados y postales de Vigo a la acuarela. Siempre luché por conseguir un local donde compartir mis habilidades con la gente de Vigo de cualquier edad y condición, para crear cultura», cuenta el autor que tiene como lema: «No mentir, no prejuzgar y hacer el bien. Es el lema que me enseñó mi madre», recuerda.