Una vida en las entrañas del balonmano

míriam vázquez fraga VIGO / LA VOZ

VIGO

M.MORALEJO

Mariluz Sanromán entró con 20 años en la Federación, trabajo que le apasionaba y del que se acaba de jubilar

18 ene 2022 . Actualizado a las 01:06 h.

Cuenta que comenzó con una máquina de escribir que hacía «un ruido infernal», usando papel carbón calcante para las copias; más de 40 años después, deja atrás ordenadores con los que se hacen «fichas como churros». Su nombre es Mariluz Sanromán y acaba de jubilarse tras toda una vida trabajando en las entrañas del balonmano. Una labor como administrativa en la Federación Galega que admite que no se ve desde fuera, pero que es imprescindible para que las competiciones salgan adelante.

Sanromán llegó a la Federación con 20 años. Le hablaron de aquel puesto de trabajo y lo vio como «una manera de empezar» tras haber cursado estudios de administrativa. Lo que no podía imaginar a finales de los 70 era que permanecería en ese trabajo hasta su reciente jubilación, el pasado 31 de diciembre. «Pensé: ‘Vale, pues empezamos por aquí’. Era impensable estar tanto tiempo», reconoce. Pero, al mismo tiempo, tiene claro por qué se dieron así las cosas. «Fue un trabajo que siempre me gustó, y eso es lo más importante», subraya.

Pero haber mantenido el mismo empleo no significa que no haya habido una evolución y cambios constantes. «Fuimos avanzando y adaptándonos», recalca. Además de las tecnologías, con las que se ha ido reciclando y siendo en parte «autodidacta» muchas veces, cuenta, su lugar de trabajo ha cambiado en varias ocasiones, se ha ocupado de distintas funciones y también ha visto pasar cuatro presidentes diferentes por la Federación.

Sanromán explica que su relación ha sido siempre excelente tanto con los máximos mandatarios del organismo —recuerda que a Ouro, que es de su quinta, lo conoció ya siendo árbitro— como con los clubes, con los que ha tenido una comunicación fluida a lo largo de todos estos años. «Por mi carácter, me llevo bien con todo el mundo. Puedo haber tenido alguna bronquilla telefónica puntual, pero nada más», indica.

Sus tareas, que han variado con los años, han estado habitualmente ligadas a las fichas de los jugadores —«recuerdo hacerlas a mano»—, las actas, los horarios y demás documentación. Lo que más quebraderos de cabeza le ha dado ha sido poner de acuerdo a los clubes para una nueva fecha cuando se aplazaba un partido, algo que con la pandemia ha estado a la orden del día. «Siempre procuramos que, antes de solicitar un aplazamiento, pongan una fecha entre los dos, pero a veces los clubes tienen sus más y sus menos», detalla.

Su balance de esta larga etapa es altamente positivo y le cuesta encontrar en su memoria momentos malos. Si acaso, algunos de «apuro», dice. «En ocasiones nos volvíamos locos para tramitar la documentación y las fichas» por la tardanza de los clubes. Pero este pequeño tirón de orejas tiene otros destinatarios: «Los papás a veces se retrasan un poco con eso. Hemos trabajado y luchado, hecho horas de más si hacía falta para que todo estuviera listo. Imagínate que empieza la competición sin algún niño dado de alta y pasa cualquier cosa...», ejemplifica.

Sabe que el que durante tantos años ha desarrollado es un trabajo poco conocido por el gran público. «Es algo interior, que no se ve pero que es necesario. No es el trabajo de organizar una concentración, que está más a la vista, pero nosotros nos tenemos que encargar de que todo esté en regla con quienes van a esa concentración», precisa. Y para ella siempre ha resultado muy satisfactorio, por los frutos de su labor y por la gente que le ha rodeado: «El balonmano es mi segunda familia».

Llegó sin tener vinculación alguna ni con este ni con ningún otro deporte. A día de hoy, se va siendo una aficionada que acude a ver partidos con su marido: «A él le gusta todo deporte con balón», cuenta. En su momento, quiso que su hija probara suerte en el balonmano, pero no cuajó. «En cambio, sí tengo una sobrina que jugó varios años, estuvo en el Porriño e incluso fue a la selección española, pero llegada a una edad lo dejó», recuerda.

Como ahora ella, llegada a los 64, optó por jubilarse. Reconoce, aunque reiterando que su trabajo le ha encantado, que de un tiempo a esta parte, el cuerpo ya le pedía parar. «Me encontraba ya cansada. Al volver de las vacaciones, me costaba mucho. Hay que deja paso a gente nueva», comenta. Una gente nueva a la que a medida que ha ido entrando ha tratado siempre de ayudar. «Lo que tú sabes siempre intentas transmitirlo a los que llegan para que tiren hacia adelante. La juventud de ahora está más preparada y lo coge todo enseguida».

Ahora, Mariluz mantendrá sus vínculos con el balonmano, especialmente a través de los muchos amigos que se lleva —«he recibido cantidad de mails mostrándome mucho cariño, hasta de gente de clubes recientes a la que no llegué a conocer en persona»—, pero para ella comienza un nuevo escenario para recuperar tiempo perdido. «Mis nietos viven en Gijón y no he podido disfrutarlos como quisiera. Si la pandemia nos deja, tengo ganas de viajar». Su marido se jubila en marzo y seguro que, juntos, se seguirán dejando ver también por los pabellones.