Del sonido del tic-tac al «Bella ciao»

El vigués Manuel Olegario es artesano por partida doble. Tras años trabajando para otros abrió su taller de relojería y, al tiempo, aprendió a tocar y arreglar acordeones hasta crear un modelo para una firma italiana


vigo / la voz

A falta de uno, Manuel Olegario Rodríguez Escudero (Buenos Aires, 1957) practica dos oficios en vías de extinción. Uno lo aprendió por sugerencia paterna. El otro ya venía en los genes, porque tanto su padre como su abuelo eran acordeonistas, pero las ganas se le cortaron y no regresaron hasta mucho después. Cuenta que su padre le enseñó a tocar a los 8 años, «pero se fue a Barcelona, se llevó el instrumento y no lo volví a tocar hasta pasada la treintena. Me olvidé del tema», asegura.

Manuel nació en Argentina, donde estaban sus vigueses progenitores cuando vino al mundo, pero regresó a sus orígenes en plena adolescencia y a los 16 pasó del mate a la manzana de Bembrive sin dramas porteños. Aunque quería estudiar arquitectura, nunca siguió ese proyecto. Su padre era peluquero y también vendía relojes en su barbería. Su hijo acabó destripándolos. Aprendió el oficio y encontró empleo rápidamente porque entonces casi todos eran mecánicos. Empezó en una relojería, pero lo dejó y pasó a recibir encargos en casa. Después se animó a montar su primer negocio y siguió formándose yendo a cursos para ponerse al día cuando llegaron, por ejemplo, los relojes de cuarzo.

De ahí pasó a ser el relojero de El Corte Inglés durante más de una década. Llevaba el servicio oficial de algunas de las marcas más conocidas, trabajó para varias relojerías de Vigo y al fin se estableció con su nombre, primero en la calle María Berdiales y desde hace un cuarto de siglo en unas desangeladas galerías comerciales de la calle Pizarro. Como argumenta, «para mi están bien porque para lo que hago, necesito silencio y tranquilidad, pero movimiento comercial no hay ninguno», reconoce. Y como lo que él hace lo hacen ya pocos, tampoco necesita ese trajín, porque la clientela le busca a él, y no al revés.

Como quedan pocos, no le falta trabajo, pero su gremio es ya objeto de documental antropológico. El capítulo uno empezó cuando los relojes, en vez de repararse, se tiraban y se compraba otro porque salía más a cuenta. La profesión entraba en una profunda crisis. Y entonces el argumento laboral de Manuel dio un acertado giro hacia la música. «A principios de los 90 volví a interesarme por el acordeón, me compré uno en la desaparecida tienda Orpheo y me pidieron si podía dar clase porque no había gente que enseñase. Les dije que estaba desentrenado, pero con eso me puse las pilas», recuerda. De allí saltó al Centro Cultural de Bembrive, donde creó una escuela y organizó durante 20 años un festival internacional del instrumento en esa parroquia paterna donde él residía entonces. «Los alumnos que tuve allí son ahora profesores», cuenta con orgullo.

El vigués veía cómo el minutero de los relojes se iba parando mientras las teclas del acordeón sonaban cada vez mejor. «Empezaba a defenderme económicamente con esta faceta y me planteé, además, aprender a repararlos y afinarlos porque en este campo tampoco hay expertos», afirma. Tanto es así que no encontraba dónde aprender. «En España y Portugal nadie me enseñaba, así que se me ocurrió ir a fábricas italianas de acordeones y empecé con Ballone Burini, que es la marca que hoy sigo siendo importador y distribuidor para España». Tan bien se le dio que hasta inventó un modelo de 30 teclas y cinco registros, pequeño y completo, pero no infantil, sino para profesionales, que actualmente se sigue fabricando y asegura que todas las marcas lo han copiado, «pero no lo puedo patentar, aunque no me importa», asegura.

Manuel siguió dando clases por toda Galicia, desde A Rúa de Valdeorras a Manzaneda, y aún lo hace aunque ha tenido que reducir su actividad debido a la pandemia y en este momento solo mantiene las individuales que imparte en un local anexo a su propio taller.

Al tiempo fue construyendo una carrera artística, tocando en varios grupos, como los de folk Abóbriga y Xarope de Uva o el de jóvenes acordeonistas Tarataña. Como miembro del sector cultural también ha sufrido los inconvenientes de la pandemia y está deseando volver a subir a los escenarios para tocar un amplio repertorio en el que no falta el Bella ciao o temas de Amélie, como se puede ver en los tutoriales que tiene en YouTube.

«El último concierto fue el pasado verano, en Vilagarcía», recuerda el intrépido artesano que no se cansa de aprender y acaba de hacerse motero y se pone al día en redes sociales e informática para manejarse con relojes inteligentes como los Marea.

Desde 1996

Dónde está

Galerías Pizarro. Calle Pizarro, 4. local 2. Vigo

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