Cuando un árbol cae injustificadamente nos empobrece. Perdemos parte de nuestro patrimonio natural y cultural. Lo peor no es que se tratase de uno de los árboles destacados en el catálogo municipal de árboles singulares, aquellos que merecen especial cuidado y protección. Lo peor no es que fuera además uno de los ejemplares que coronaban la senda botánica de A Guía, esa que invitamos a conocer a vecinos y visitantes y de la que legítimamente presumimos. Lo peor no es que el cartelito que lo identificaba, Cedro del Himalaya, esté ahora como mudo testigo de la pérdida, testigo de lo que había junto a un tocón cortado de raíz. Lo peor no es que, consultando a expertos que vieron sus restos ninguno encontrase explicación a esa tala, bien al contrario (por si soportar tres temporales seguidos en pie en la ladera norte más expuesta a los vientos no fuera suficiente) comprobaron que tras su medio siglo de existencia su estado de salud era muy bueno. Lo peor no es que ni siquiera cayera solo, sino que junto a él se talasen media docena de árboles más, de momento, porque las motosierras siguen sonando. Lo peor no es que a estas alturas desistamos resignadamente preguntar el motivo de la tala porque, incumpliendo la ley de acceso a la información ambiental, el Concello se niega a facilitar esas explicaciones. Lo peor no es que ni siquiera podamos pedir amparo al Valedor do Cidadán, pues tampoco a él le dan la información por más que insista. Lo peor es la indiferencia, que fertiliza el terreno del que nace y crece la impunidad. Los árboles son las víctimas y nosotros los daños colaterales.