La bella y el garrulo

Enrique V. Pita

VIGO

Hace unas semanas, una fina y bella veinteañera vestida de gala subió cargada con sus maletas al tren que sale de Vigo a las seis de la mañana del domingo y que va lleno de jóvenes que vuelven a casa tras una noche de copas. La viajera se puso a trabajar con un ordenador portátil mientras los juerguistas dormían la mona.

Dos paradas después, subieron un par de moinantes alcoholizados que gritaban en el vagón a las siete de la mañana como si aún siguiesen pidiendo copas en la barra de la discoteca e intentando ligarse a la camarera. Uno de ellos, el más gallo, probó a camelarse a la atractiva joven aunque esta, que dijo ser estudiante universitaria, lo esquivó con educadas excusas. Se puso tan pesado que el revisor pasó dos veces por allí a ver si todo estaba en orden. Al final, el mozo, que decía ser ladrón de coches, recibió un bofetón que aceptó con galantería y se apeó.

La escena del tren retrata a dos jóvenes de la misma edad separados por un abismo. Un amor imposible. Una universitaria de élite que viaja hacia una vida de éxito y un moinante descolgado y anclado en su tierra, tirando el dinero en copas, creyéndose dueño del mundo e incordiando a las bellas mujeres que viajan solas. ¿Quién de ellos sacará a Vigo adelante?

La mejora de la competitividad no fue tomada en serio en Vigo. De ahí que Peinador esté bajo mínimos, la ciudad carezca de carril bici y sume 34.000 parados. En el libro La ventaja competitiva de las naciones, Michael E. Porter advierte sobre los problemas de competitividad que arrastran los astilleros del Reino Unido y España, que se quedaron «obsoletos» en sus modos de producción y tecnología por no estar especializados y porque nunca podrían competir con los baratos precios de Corea o China. Ingleses y españoles deben recurrir a encargos estatales para sobrevivir mientras que Finlandia se especializó en rompehielos y salió a flote. Porter escribió esto en 1990.

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