A estas alturas, todo el mundo ha llegado a la conclusión de que hace falta un cambio radical. Al menos la crisis ha servido para notarlo. Un cambio radical. Literalmente. Hace falta trastocar las raíces de nuestro sistema, que ahora se preocupa más por los bancos que por las personas, más por las cuentas de resultados que por la felicidad de los ciudadanos, más por los próximos cinco minutos que por las próximas generaciones.Hace falta coger las viejas formas de ver las cosas meterlas en una coctelera, agitarlas bien fuerte y luego tirarlas a la basura. Porque es material caducado, no como el yogur de Cañete.
Por eso estoy aprendiendo tanto de esta campaña. Porque no sirve para nada.
No habla del problema.
Toda la campaña gira en torno a un comentario indudablemente machista de uno de los candidatos. Una babosada impropia de alguien que aspira a representar a los ciudadanos. Los partidos han entrado en un jugoso juego de reproches para competir por cuál está más comprometido con la igualdad. Y llegar al poder. Repiten tópicos vacíos, lanzan reproches al rival, y se les hincha el pecho con lo bien que lo hacen. Sí, es verdad, todas las campañas son así. Pero este contexto es diferente. Hemos sufrido rescates bancarios, vemos desahucios a diario y tenemos en esta ciudad 34.000 parados desde hace años. Nos han impuesto medidas injustas que llaman «esfuerzos», han ido desarmando poco a poco los derechos sociales para lograr algo que llaman «sostenibilidad», recortan en todo menos en lo suyo -diputaciones, asesores, concejales que no hacen nada- y plantearlo es «demagogia». Hasta han bautizado como «desafección ciudadana» lo que no es más que su apoltronamiento. ¿Qué sociedad quieren y ofrecen? La misma. Así que no sirven.
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