El otro día publicaba La Voz una noticia sobre un nuevo huerto urbano. Para ser exactos, era sobre un huerto compartido, una parcela que una persona cultiva con otra. Era en Sárdoma y contaba su propietaria que dependemos demasiado del supermercado. También que el huerto favorece las relaciones más colaborativas. Y, vaya, no puede tener más razón. Tal y como están planteadas las costumbres hoy en día, apenas nos tenemos que preocupar de nada. Nos lo dan todo hecho, no tenemos ni que pensar. Pero, oigan, resulta que sí queremos pensar. Está bien disfrutar de comodidades, que todo resulte un poco más fácil, pero una cosa es eso y otra distinta que no te tengas que preocupar de lo que comes o haces. Actualmente, si quieres una ensalada ya te la compras hecha en un paquetito de plástico y, voilá!, lista para comer. No parece que eso sea lo más sano para las personas.
Por otro lado, que el huerto compartido fomente relaciones más colaborativas también la convierte en una iniciativa estupenda. Vivimos rodeados de gente en edificios y en barrios, pero apenas conocemos a los que están a un paso de nosotros. A veces, ni les saludamos. Como se puede observar en los pequeños pueblos y aldeas, realizar actividades en grupo con los vecinos es de lo más habitual. Aquí se ha convertido en algo que se ha perdido por completo. Siempre lo digo: nos lo dan todo hecho, y eso es antinatural y nos atrofia como humanos.
Los huertos urbanos son una iniciativa de lo más saludable. Desde luego contribuyen a lograr una ciudad más amable, como decía la chica mencionada antes, y favorecen más la colaboración entre los vecinos. Son un antidepresivo mucho mejor que las pastillas. Y, además, más baratos. Se lo digo yo.
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