omo todo es un constante e infinito plató de Sálvame Deluxe, hay algunos que no entendemos nada. Presuntamente. Los representantes públicos nos dan motivos casi a diario, con actuaciones que merecen todo el aplauso y toda la reverencia. La enésima la protagonizó la alcaldesa de Mos, la señora Nidia Arévalo. «Es una corrupta y una golfa», dijo de ella un señor en una conversación entre seis personas en un bar, en la que ella no estaba presente. Seis tipos en un bar poniendo a caldo a un político es noticia de primera. O peor aún, es pecado. Eso debió de parecerle a Nidia Arévalo que, dolida, denunció al señor ante la Guardia Civil.
La regidora había llegado a su cargo a finales del 2008 gracias a una moción de censura, apoyándose en un tránsfuga del PSOE. Fue una maniobra dudosa. No lo digo yo, lo dijo entonces el PP, que se desmarcó de la moción y suspendió a Arévalo de militancia. Pero en el 2011 se tragó su propio sapo, rescató a la alcaldesa y ella ganó. Alguien que conoce tan bien el sistema democrático -y sobre todo sus resquicios- no es capaz de entender que sus conciudadanos la critiquen. Incluso que, en conversaciones de barra de bar, se excedan.
Habrá quien piense que le va en el sueldo. Nidia Arévalo gestiona un municipio de 15.000 personas y cobra 48.000 euros al año. Un sueldo que, ojo, no está nada mal. Pero eso es otro tema. Porque no se trata de dinero. Es su concepción de la política. No es plato de buen gusto aguantar insultos, gritos, manifestaciones y pitidos. Pero un político que no es capaz de soportar que existan las críticas, y más en este momento, es que no entiende cuál es su función.
Nidia Arévalo -igual que otros tantos- debería reclamar una reforma del Código Penal. Que la pongan a la altura de la Corona y sea delito «dañar su prestigio». Y todos muditos.
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