Entre los vigueses que luchaban por la Reconquista había, además de los deseos de liberar la ciudad de los franceses, otros motivos como hacerse con un tesoro guardado en O Castro
08 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Nadie duda de la naturaleza heroica del pueblo en armas que, en la noche del 27 de marzo de 1809, cayó sobre las murallas de Vigo y liberó la plaza del invasor francés. Paisanos mal armados, reservistas, frailes convertidos en guerrilleros y restos sueltos del ejército lograron la Reconquista, con la ayuda desde el mar de las fragatas inglesas Venus y Lively.
Sobre las motivaciones de aquellos vigueses, se han compuesto odas a los más elevados principios y patriotismos. Aunque, en buena parte, las razones eran más prosaicas. Como, por ejemplo, expulsar a unos ocupantes que tal vez llegasen con las ideas de Descartes, Voltaire y Montesquieu. Y que gritaban «Libertad, igualdad y fraternidad» en cada taberna. Pero que violaban, saqueaban, robaban, incendiaban y cometían toda suerte de atropellos sobre el pueblo llano. Deshacerse de aquella tropa era una prioridad por encima de cualquier credo o filosofía.
Sobre quienes defienden que los ocupantes traían algo parecido a la democracia, cabe preguntarse si Napoleón era un demócrata. O si en Cádiz, sin tropas francesas, no se estaba ya fraguando una constitución liberal, que fue aplastada más tarde por la traición de Fernando VII.
Además, entre los vigueses había otros motivos, todavía menos elevados. Y uno de ellos era hacerse con el fabuloso tesoro que, según los rumores de aquellos días, los franceses guardaban en el castillo de O Castro.
El mariscal Soult, tras pasar a Portugal, deja en Vigo sus objetos personales, los botines conseguidos en Galicia, la caja de pagos de su ejército y diversos equipajes de sus oficiales, despertando la codicia general de los paisanos.
En una carta del general Lahoussaye a Chalot, el comandante francés, encontrada en el Archivo Histórico Militar de Madrid, leemos que le pide «cuide de mi furgón». Se refería a su botín de guerra, que había quedado en Vigo.
En O Castro está también la caja del ejército, los cofres con el dinero para pagar a los soldados y sostener a las tropas durante la campaña. Soult deja aquí estos cuartos porque no podía retrasar su ejército transportando estos furgones, y menos en las condiciones meteorológicas del invierno gallego. Y, también, porque fue incapaz de llevarlo hasta Tui, la capital de provincia. En 1809, Galicia estaba comunicada por el litoral, de Norte a Sur, por el llamado Camino Real, una vía empedrada, de cierta anchura, capaz de asumir un tráfico de carros en dos sentidos y que salvaba muchos accidentes del terreno gracias a diversos puentes. Era lo que entonces se llamaba un «camino carretero», en contraposición al «camino de herradura», que solo era practicable a pie o a caballo.
Lo malo es que el Camino Real estaba construido en los doscientos kilómetros que separan A Coruña de Tui; con una sola excepción: el tramo entre Redondela y O Porriño. Así que le fue imposible mover los furgones hacia el Sur.
En los enseres de Soult quedarán, entre otras piezas, un sable del mariscal, que hoy se conserva en el Museo de Castrelos.
Manuel Acuña y Malvar, uno de los líderes de la Reconquista, comenta la codicia que despierta el tesoro: «Los paisanos se empeñaban en que querían asaltar la plaza. (...). Se decía que la plaza de Vigo contenía inmensos tesoros. Los paisanos pretendían repartirlos entre sí mientras los demás estaban fuera: tanto puede el interés».
Cuando, el 28 de marzo, triunfe la Reconquista, las riquezas de los franceses se repartirán entre los paisanos. Morillo, uno de los líderes principales, cuenta en su informe final que se entregaron a los vencedores 117.000 francos, procedentes de la caja del pagador del Segundo Cuerpo del Ejército francés.
Morillo describe así la escena: «En el castillo de San Sebastián [se encontraron] diecisiete carros cubiertos, vacíos y deteriorados, y varios caballos y mulas muy maltratadas por falta de alimento durante el cerco; y habiendo acordado después con los comandantes de las fragatas hacer el reconocimiento de capitulación, se encontraron diecinueve mil setecientos cincuenta y cinco francos, cantidad que fue distribuida en la tropa y vecindad que estuvieron en el asedio y rendición, pues por el contrario no era fácil contenerlos». Esta última frase demuestra las materiales motivaciones que tenían muchos de los sublevados. Al final, todos los vecinos recibieron una recompensa por sus servicios. Se repartió medio millón de reales y cada paisano ganó unos 15 francos, equivalentes a unos 51 reales. Fue el botín de la Reconquista, que también movió a muchos paisanos a la lucha, aunque datos como estos dejen algún borrón en los pergaminos donde los inevitables rapsodas garrapatean con pluma de ánade las más heroicas gestas de sus compatriotas.