Los cuidadores de barrio desaparecen por falta de presupuesto

María Jesús Fuente Decimavilla
maría jesús fuente VIGO / LA VOZ

VIGO

Cientos de personas se quedan sin atención

31 oct 2013 . Actualizado a las 13:18 h.

«¿Qué va a ser de nosotras? ¿Quién nos va a echar una mano?». La exclamación parte de una de las usuarias del servicio de los cuidadores de barrio de Vigo, una especie de salvadores de los ciudadanos en tierra de nadie. Si un milagro no lo remedia estos profesionales desaparecerán hoy del mapa. Es la fecha en la que vence el convenio suscrito por la empresa concesionaria con el Concello de Vigo a través del plan municipal de empleo. Las llamadas de socorro de los beneficiarios y de sus familiares no han ablandado el corazón del gobierno municipal. El alcalde confirmó que «la legalidad es la legalidad» y que hasta que no se apruebe el presupuesto del próximo año no se retomará el servicio, del que ocho de cada diez beneficiarios son mujeres.

«No quiero ni pensar cómo me voy a arreglar sin ellos, es como si me sacaran un trocito del corazón, una desgracia; que no te pase nada porque te mueres», suspira María, una vecina del Casco Vello vigués. Para pisar la calle tiene que subir o bajar sesenta empinados peldaños. Sus 82 años no serían un obstáculo si no fuera por los 42 puntos de cada rodilla, recuerdo de una operación de las nueve que lleva encima. Dos cuidadoras la acompañan cada vez que va al médico o a la farmacia. Otras veces le llevan el carro de la compra. «El trabajo que hacen no tiene precio, me cuidan tanto como mis propios hijos y eso que son dos ángeles, tanto ellos como mis nueras, que no se merecen ese nombre». Como muchos residentes del barrio antiguo, vive sola porque sus hijos trabajan. Ni ella ni el resto de los usuarios tienen la puntuación suficiente para beneficiarse de la Ley de Dependencia de la Xunta de Galicia. Tampoco son independientes.

A Nieves, otra de las usuarias, la artrosis le impide caminar sola. Es la huella que le han dejado los veintitantos años de trabajo en la ribera clasificando pescado y levantando cajas de ochenta kilos todas las madrugadas. Gracias a las cuidadoras puede bajar los dos pisos de su casa y sentarse un rato en la plaza de O Berbés. Como los de María, sus hijos también tienen que trabajar. «Que no nos las quiten, que si no, pobre de nosotros, son muy necesarias», dice de sus cuidadoras. Lee muchas novelas y luego las comenta con ellas.

Las funciones de los cuidadores no son meramente sociales, si bien han ido ganando terreno desde su creación hace un lustro. La organización de pastilleros es una de las actividades que más adeptos suman día a día. Una misión en apariencia sencilla, y que, sin embargo, salva muchas vidas. «Hay personas incapaces de memorizar las pastillas que tienen que tomar y necesitan tenerlas muy ordenadas y que les vigilen; nos sentimos responsables y si no vamos a atenderlas, no sé lo que pasará», explica una cuidadora. Para estos profesionales tampoco pasan desapercibidos los desperfectos en las calles, como el levantamiento de losetas, problemas de limpieza o de alumbrado público. En esos casos dan parte de la incidencia al Concello.

La información turística es otro de sus objetivos y buena muestra de que su presencia es necesaria son las cientos de respuestas sobre el lugar donde se cogen los billetes para las Cíes o dónde se comen las ostras.

Todo el día en la calle da para mucho y lo que les sobran son anécdotas. Una de las más recordadas es cuando un señor preguntó: «¿Dónde se ven las tetas?». Las cuidadoras se miraron y temieron que se refiriese a la Ferrería, el antiguo barrio chino de Vigo. Al final, descubrieron que el hombre se interesaba por la Casa del Mar, donde se hacen las mamografías.

Recientemente se enfrentaron a un caso peculiar. Tras recoger una paloma herida y construirle un lecho, iniciaron una ronda de llamadas al Concello, Centro de Recuperación de fauna silvestre de Cotorredondo y la empresa que se hace cargo de los nidos de gaviotas. Nadie se quiso hacer cargo de ella.