Una venerable ancianita «se dejó llevar el bolso» por un tironero, según sostuvo su abogado esta semana en los juzgados de Vigo. En su visión del caso, nuestro caco se llevó las pertenencias de la señora, porque esta facilitó el robo, al no oponer la debida resistencia. Por desgracia, el letrado no añadió que el ladrón iba en bicicleta, lo cual hubiese enternecido al juez, al tratarse de un delito cometido sin emisiones de gases de efecto invernadero. La delincuencia sostenible también podría considerarse atenuante.
La gente anda por la calle dejándose robar y, claro, pasan estas cosas. El caco ciclista es, además, toxicómano, con lo que su abogado pudo decir que era un escapado de la Vuelta a España. Y que, el pobre, creyó que el bolso era el avituallamiento en ruta. Cuando esperaba encontrarse el bidón y las barritas energéticas, nuestro hombre se topó con un DNI de señora, además de «unas llaves, calderilla y unos billetes arrugados», que parecen el kit clásico de ancianita, aunque así aparece en el atestado.
Todavía no sabemos qué sentencia deparará el caso, pero es indudable que el letrado se merece un premio. Que vayan preparando un medallón gordo de esos que se dan los abogados, los unos a los otros, por San Raimundo de Peñafort. Este señor, en Navidad, por el Abogado Invisible, merece que le toque la Gran Cruz de Isabel La Católica, como mínimo. Y no porque haya sido muy original y creativo. Sino porque tiene toda la razón: En efecto, todos vamos por la calle dejándonos robar, incluida la pobre mujer asaltada en el Paseo de Alfonso.
Ya lo dijo esta semana Alessio Rastani, bróker de la City londinense que auguró que, en un par de años, él y los suyos se van a quedar con todos los ahorros de la clase media. Cuando llegue ese futuro, ya solo iremos al cajero automático para dormir. Mientras este señor presume y se ríe, otros nos dicen que la culpa es nuestra, porque nos dejamos robar. Son estos los clásicos economistas que nunca vieron venir la crisis, pero que ahora se permiten soltarnos la frase «la fiesta se ha terminado». Que tiene otra versión en «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Cuando, en realidad, durante la bonanza económica, la mayoría de la gente era «mileurista», mientras muy pocos peces gordos disfrutaban de la auténtica «fiesta».
Para colmo, el pecado de los trabajadores, si tuvieron alguno, fue ahorrar esos dineros que cobraban cuando había empleo e invertirlos en hipotecarse y comprar un piso. Lo que habla muy bien de un país ahorrador y sensato, que pensaba a largo plazo, mientras los especuladores nos acusan ahora de derrochadores.
Así que tiene razón el abogado vigués. No solo van por la calle las viejecitas dejándose robar el bolso. Todos hemos ido por la vida dejándonos atracar. Lo que explica que, de los que hicieron la crisis, nadie vaya en la cárcel. Por lo visto, la culpa de todo lo que está pasando fue nuestra. Parece jeta, pero es lo que hay.
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