Ayer batí mi propio récord de velocidad en tren: A Coruña-Vigo en 2 horas y 43 minutos. Superé así por 120 segundos mi anterior marca, registrada la pasada semana, a bordo del expreso de media distancia Rías Gallegas. Para colmo, cometí el error de viajar de noche, con lo que el reflejo de mi propia cara era el único paisaje visible por la ventanilla. Así que, sumido entre el sopor y el aburrimiento, eché cuentas: La velocidad media del viaje fue de poco menos de 60 kilómetros por hora, una cifra que me pareció más propia del siglo pasado. Pero me equivocaba: Porque es propia del siglo anterior.
En efecto, al llegar a casa, molido como si hubiese vuelto de la Conchinchina, indagué sobre en qué año los trenes circulaban a velocidades de 60 kilómetros por hora. Y encontré que, hacia 1850, el ferrocarril entre Liverpool y Stockton ya superaba los 100. Para hallar una «rapidez» como la del tren Rías Gallegas habría que remontarse a 1835, cuando se mejora la locomotora Rocket 1, prodigio de la ingeniería diseñado por Stephenson. Esta máquina alcanzaba los 47 kilómetros por hora, arrastrando veinte vagones. Sólo 7 años después, su sucesora llegaba a los 60 que actualmente nos ofrece, como media, un viaje de A Coruña a Vigo.
La lentitud ferroviaria del Eje Atlántico no desentona con las que nos ofrecen los trenes a Madrid, a Barcelona o a Oporto. La «alta velocidad», en Galicia, es una expresión que sirve para amenizar las páginas de los periódicos, cumpliendo las mismas funciones que el horóscopo o el crucigrama. Se trata de un mero divertimento. Al igual que, en las películas de Berlanga, siempre aparecía un personaje que decía la palabra «austrohúngaro», en los diarios debe aparecer en cada número la expresión «alta velocidad», acompañada de cifras y plazos y, de manera opcional, el retrato de un político. Se trata, digamos, de una broma, que juega con la complicidad de autor y lector.
Lo curioso del fenómeno es que, de la alta velocidad de la que siempre se habla, es de la que lleva a Madrid. Como si la gente viajase a la capital de España cada semana. Además, para hacer ese viaje en poco tiempo ya tenemos el avión. Pero apenas se escuchan críticas por el hecho de que se tarden 40 minutos en viajar de Vigo a Pontevedra. O que se invierta una hora y media en alcanzar Santiago. Y que A Coruña esté a dos horas, con suerte, y a 2.43 en el tren ordinario.
Sin embargo, lo que de verdad utilizamos los gallegos es el tren que une nuestras ciudades. El que sirve a miles de personas para desplazarse a trabajar o estudiar. Y son estas líneas interiores las que se tendrían que modernizar con urgencia. Pero parece que gusta más hablar del AVE a Madrid.
Mientras tanto, habrá que adaptarse a la velocidad de nuestro tren. Lo que debería incluir el vestuario. Si viajamos como en 1850, vistamos con entonces. Voy preparando el sombrero de copa y el chaqué, y cultivando unos churriguerescos bigotes.