Auditorio Alcalde Caballero

VIGO

Imaginamos la escena: el despacho en penumbra; una figura se recorta junto a la ventana. Sumido en profundas reflexiones, el alcalde observa la ciudad a sus pies. «Te tomé de adobe, te dejé de mármol», musita recordando las palabras del emperador Octavio Augusto. La soledad del líder se ve turbada por dos maceros, que anuncian la llegada de un mensajero: «¡Sire, el resultado!», anuncia el heraldo. «Finalizó el recuento del concurso de ideas para el nombre del auditorio». Caballero extiende su mano y recoge el sobre que le tiende su lacayo. Tras leer la nota, el alcalde ensaya una mueca de dolor y sacrificio. «¡Ah, las hieles del poder! -exclama- ¡Hágase, pues!». Sin levantar la cara de la alfombra, donde se ha postrado de bruces, al uso de la Ciudad Prohibida de Pekín, el mensajero osa hablar: «Enhorabuena, Sire, Auditorio Alcalde Caballero». El líder regresa al ventanal y vuelve a sus pensamientos.

La escena, por fortuna, es falsa, aunque podría pertenecer a cualquier novela, incluidas las que ha escrito el propio alcalde y que he comprado en la librería y he leído, tal es mi curiosidad y ánimo de estar bien documentado. En cualquier caso, resulta improbable que, del concurso para decidir un nombre para Beiramar, resulte elegido el del propio Abel Caballero.

Estas cosas sólo sucedían en ciertos regímenes africanos, como los de Bokassa o Idi Amín Dadá. O suceden hoy en Corea del Norte con King Jon-Il, que además de presidente del país tiene el título oficial de Querido Líder. En Vigo, no creo que nos hagan llegar a tanto. Por ahora, no pasamos de Alcaldía.

En cualquier caso, ponerle a un auditorio el nombre del gerifalte que lo inaugura tampoco es tan extemporáneo como podría parecer. En A Cañiza, hay un Auditorio Víctor Vázquez Portomeñe. Y, en Vilalba, un Auditorio Manuel Fraga Iribarne. Ambos fueron inaugurados cuando eran conselleiro y presidente de la Xunta, respectivamente. Sin que nadie sintiese el más mínimo pudor o vergüenza, propia o ajena.

Con Beiramar, no sabemos qué saldrá del presunto concurso de ideas que ha anunciado el Concello. Ni cómo se harán llegar las propuestas. Por de pronto, parece abierta la veda y ya he leído un par de artículos sugiriendo nombres diversos. Por no ser menos, aporto mi opinión. El Auditorio de Beiramar debería llevar un nombre que diese a Vigo la categoría que merece, que nos permita presumir como ciudad. Es el nombre el que debe dar relieve al espacio y no al revés. No seamos tan miopes de querer honrar a alguien, por mucho que lo merezca, dando nombre al auditorio. Bien al contrario, el nombre debe enaltecer al palacio de congresos. El rango no puede estar por debajo de Auditorio Martín Códax o Auditorio Julio Verne. Todo lo que rebaje este nivel es perder una ocasión de vender Vigo. Es dejar de promocionarnos y renunciar a hacer marca de ciudad. Es equivocarnos, no tener ambición y hacer lo de siempre.

Otra cosa, claro, es que Beiramar no sea ya de por sí un nombre hermoso. Sólo que -un clásico de nuestra ciudad- no sepamos verlo.