A punto de finalizar la campaña de incendios de este año, aun no sabemos si Alberto Núñez Feijoo va a colaborar en las labores de extinción, tal y como hizo en 2006, con náuticos, vaqueros, camisa remangada y manguerita. Aquello fue -y lo ha reconocido él mismo en varias entrevistas- el mayor ridículo de su vida, la imagen propia que, cada vez que contempla, se avergüenza.
Por tanto, suponemos que, ya investido presidente, descartará Feijoo sumarse a los equipos contra el fuego, y mucho menos, armado con una regadera.
Sin embargo, siempre tiene que haber hueco para que las administraciones aporten su ración de ridiculez. Valga como ejemplo la decisión de la Xunta de prohibir, el pasado lunes, los fuegos artificiales en la romería de San Roque, en el casco urbano de Vigo. Se adujo, para censurarlos, el riesgo de que las chispas de los volatines pudiesen provocar un incendio.
Curiosamente, ese mismo fin de semana, en la parroquia porriñesa de Torneiros, vi yo como la comisión de fiestas se hartó de echar cohetes con motivo de la Asunción. Y lo mismo ocurrió en cientos de aldeas de toda la Comunidad.
En San Roque, que tiene el monte más cercano a más de un kilómetro, se prohibieron los fuegos de artificio. Pero se permitieron en todas las parroquias del país asentadas en el corazón de frondosos bosques. Podemos sospechar, por tanto, que la prohibición en la popular romería viguesa fue pura propaganda.
Pero es que, además, hay un ejemplo peor. Al mismo día de San Roque, los vecinos de Betanzos cumplieron con su incendiaria tradición: El globo de fuego. Cada 16 de agosto, construyen un colosal aerostato de papel, con una barquilla de material combustible, que va lanzando llamaradas. Ante el aplauso del vecindario, el artefacto se eleva en el cielo y toma el rumbo que dicta el capricho del viento.
Para colmo, y en plena temporada de incendios, los vecinos cruzan apuestas, deseando que el globo llegue lo más lejos posible. Algún año, ha llegado a Portugal, otros, aterrizó en el Miño y la leyenda asegura que, en una pasada edición, apareció en Inglaterra. Los políticos, encantados, aplauden a rabiar. Nadie parece pensar que un artefacto gigante, construido en papel, con una barquilla en llamas, y sin rumbo conocido, no debe de ser lo más idóneo para prevenir los incendios.
Así que está visto que es todo pura propaganda. Mientras la Policía corre a precintar merenderos, para evitar peligrosos churrascos, los medios de extinción y, sobre todo, las políticas de prevención son más que deficientes. Ni se cuida el monte ni se pone en valor. Pero, para hacer que se hace, se prohíbe comer sardinas a la brasa y tirar cohetes. Los vecinos de San Roque, sin sus fuegos, miraban al cielo por si pasaba el globo de fuego de Betanzos o aparecía un político volando con una manguerita.