El tren de la locura


Son solo dibujos. Una pequeña película que palpita en la pantalla. Un viaje atolondrado. Un corto canadiense. Su título, El tren de la locura . Las imágenes se agitan a ritmo de jazz y del traqueteo de un tren a vapor. La locomotora, el vagón de primera clase, el de segunda o tercera... Poderosos y humildes diferenciados por la vestimenta, separados por compartimentos, pero unidos en el trayecto. Se respira en los trazos la alegre velocidad del paseo mecánico por la senda de raíles. Pero al terreno, siempre traidor, le sale una gran joroba. El pobre tren intenta trepar. No puede. Poca potencia para tanta carga a sus espaldas. Se aplica el más madera de los hermanos Marx. Los ricos, de elegante negro y con sombreros de copa, lanzan billetes desde la parte delantera a los pobres para que estos conviertan su equipaje en combustible. El fuego devora primero gorros y maletas. Vuela rauda hacia las llamas hasta la ropa interior. Y, cuando solo quedan los cuerpos de los desnudos viajeros sobre el suelo desnudo, los poderosos deciden prescindir del lastre y sueltan el vagón de los desheredados. Pero antes recuperan la saca con el dinero que amablemente habían donado a sus incautas víctimas, carne de caldera. Después de esta operación quirúrgica y necesaria, el tren respira aliviado y encuentra arrestos para ascender la amenazante colina. Prosigue la feliz aventura, pues, para unos pocos privilegiados. Pero el tren, ya solo con sus más ilustres pasajeros, acaba descarrilando, convirtiéndose en un garabato negro en el horizonte. El tragicómico final es una licencia del autor, Cordell Barker, que demuestra lo evidente. Que se trata de ficción animada en la que no cunde el desánimo. Que en la vida real siempre queda algún pez gordo que eruta con satisfacción durante la crisis después de haberse zampado las vacas gordas. Que solo son dibujos.

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