Luchadores en la frontera

VIGO

En la uci, la vida de cada paciente corre peligro y eso obliga a controlarlo hasta el extremo. Así es un día en la unidad de críticos de Povisa, donde los profesionales se refieren a los enfermos por su nombre de pila

20 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Abre la puerta de la uci y dice:

-Os habéis equivocado de día. La guardia movida fue ayer.

El coordinador de la unidad de cuidados intensivos de Povisa, Rafael Cabadas, nos recibe temprano -no precisamos la fecha del reportaje, de hace unos días, para no identificar a ciertos pacientes- y explica el ingreso de la tarde anterior.

Hombre, mediana edad, a punto de morir. Posible donante de varios órganos. Se activa el protocolo de donación. Entra en muerte cerebral, sin vuelta atrás. Mientras una doctora habla con la familia, el resto del personal mantiene los órganos vivos. Pruebas continuas. Monitorización constante. Un trabajo al límite. La familia opta por la generosidad. El décimo donante múltiple del año. Récord.

Suena una alarma aguda. Piii piii piii. «No os preocupéis, esto está siempre así». A las ocho de la mañana la uci bulle. Empieza el día. Los médicos se reúnen en una sala contigua, separada por una cámara de seguridad que sella la uci. Las enfermeras y auxiliares ponen todo a punto. Se encargan de la higiene del paciente. Practican también las curas quirúrgicas y de los catéteres. Cada enfermo tiene al menos dos catéteres. Detrás de las camas hay varios monitores, un respirador, más las bombas de perfusión que inyectan medicamentos y el respirador. También hay tubos de oxígeno. En varios pacientes hay que hacer diálisis con una máquina externa.

Los médicos están reunidos. Comentan cada caso y deciden tratamientos. Se refieren a cada enfermo por su nombre de pila. Hoy hay trece ingresados en un lugar con capacidad para veinte. Es lo habitual. La vida de todos corre peligro, de otro modo no estarían en una uci. «Hay mucha gente en equilibrio inestable, con poca capacidad de soportar un pequeño empeoramiento», advierte el otro coordinador de la uci, Javier Franco. En la reunión de las dos volverá a quedar patente esta situación:

-El pronóstico es fatal, malísimo. Tenía un infarto importante que incluía dos troncos -dice un doctor, acerca de uno de los pacientes, y añade un montón de datos médicos y valores ininteligibles para un oído novato-. Pero el pronóstico es fatal.

-El familiar... ¿sabe?

-Sí. Lo que pasa es que es difícil aceptar el tema.

Pacientes graves y alarmas

Los médicos utilizan un índice llamado Apache para medir la gravedad de un paciente y sus probabilidades de morir. Hoy hay uno está al 85%. Hay también un gran quemado (más del 40% de su cuerpo), una persona en coma, otra a la que se le infectó una prótesis y tiene un fallo multiorgánico... La situación de algunos pacientes es tremenda. Muchos echan semanas aquí. En los últimos días se fue un enfermo que había estado cinco meses. «Era uno más de aquí...».

Pii pii pii. Esas alarmas no dejan de martillearnos los oídos. Piii piii piii. Agudas y graves, ¿cuántas hay? Piii piii piiiii. Nadie las escucha. Casi siempre indican cosas menores: un respirador que se ha movido, un pulsioxímetro que se ha salido, una señal que llega débil. Piiii piiiii piiiiii. Todo el mundo está acostumbrado a la banda sonora de la uci... más o menos. «Ao principio», cuenta un enfermero, «estaba na casa vendo a tele e cría que oía pitidos. Incluso en soños. Xa o temos comentado entre os compañeiros».

Por la mañana, la uci es un hervidero. Enfermeras y auxiliares van de cama en cama. En los casos de pacientes con infecciones, deben vestirse con un protector para evitar contagiar a otros enfermos. Se encargan de administrar la medicación. Los médicos visitan a cada persona, controlan los tratamientos, renuevan las prescripciones y deciden pruebas. Esta mañana, los celadores han tenido que pesar a una paciente con una grúa. Las limpiadoras trabajan a todas horas, con desinfectantes especiales.

Nadie corre, pero las decisiones se toman a velocidad de vértigo. Existe una sensación vertiginosa en el ambiente sin que nadie se acelere nunca. Incluso algunos familiares se contagian de la paciencia. «La gente al principio está muy impresionada con la situación. Luego se adapta», dice una profesional.

Por la tarde es más relajado. Cuando nos marchemos, a última hora de la tarde, la uci estará en reposo. Y siempre alerta. Tres altas y una muerte -aquí se llama éxitus - y todo el día sin parar. ¿Esto es un día muy movido?, preguntamos al final de la mañana a Javier Franco.

-¿Esto? -se encoge de hombros- Es un día.