El kiwi del Baixo Miño acaba de obtener el título de Indicación Geográfica Protegida. El fruto peludo gana así consideración de calidad, tres décadas después de su implantación masiva. Su cultivo se debe a uno de esos emprendedores visionarios que suele dar Vigo. José Fernández López, fundador de Zeltia y Pescanova, se lo trajo de Nueva Zelanda, convencido de que había negocio. Hoy, el sur de Galicia está entre los mayores productores del mundo.
El kiwi, ahora reconocido, es una especie más entre las muchas que han sabido adaptarse a la Galicia meridional, desde el mirabel traído de Francia a las uvas de albariño que importaron los monjes de Cluny. Sabemos aquí adaptar lo de fuera, al punto de que el himno gallego se titula Os pinos, árbol exótico que se trajeron a estas tierras los romanos.
Mientras Galicia importaba vegetales, exportaba humanos. Y no sólo durante la gran emigración que embarcó desde Vigo a cientos de miles de paisanos hacia América. Ya desde la Edad Media fue Galicia la que repobló la Península, conforme retrocedía la España musulmana. Los rastros del gallego que pueden encontrase en Extremadura o Andalucía son buena prueba de aquella emigración interior forzosa y masiva.
En este panorama, hubo sin embargo una excepción histórica: Vigo.Es curioso que haya quien acuse a esta ciudad de «localista», siendo la urbe más integradora de Galicia. Ninguna otra se ha hecho de la suma de tantos, llegados de tantas partes. De los 16.000 habitantes que tenía a finales del siglo XIX, ha pasado a superar los trescientos mil, por más que las extrañas cuentas del censo nos impidan superar esa cifra, que reportaría importantes ingresos adicionales.
Esta tierra, que embarcó emigrantes por cientos de miles, supo también recibir a gentes diversas. E integrarlas. No fue hasta hace una década cuando, por primera vez en un siglo, los nacidos en Vigo superaron a los foráneos. Vigueses de corazón son hoy decenas de miles de personas llegadas de Galicia y de toda España, que se asentaron aquí y hoy aman a su ciudad, incluso de esa forma tan viguesa de hacerlo, como es criticarla.
Ahora, llegan gentes de aún más lejos. Nuestro paisaje urbano se ha poblado de caras y acentos venidos de América, África o Asia. Esta misma semana, haciendo un reportaje sobre el Casco Vello, encontré en el corazón del barrio, en la recoleta plaza del Peñasco, que conviven allí una inglesa, una escocesa, una alemana, una iraní y un australiano. Vigo acoge a gentes diversas. Es una ciudad hecha de muchos. Que, por tradición, es la gallega que más ha sabido hacerse incorporando a otros.
Es por ello que resulta tan triste escuchar que a esta ciudad se la tache de «localista». Como escribía el otro día el profesor Barreiro Rivas, hay cosas que no deberían hacerse «acariciando a Vigo a contrapelo». Es una forma metafórica y elegante de decirlo. Temas muy importantes se están impulsando con brusquedad, acritud y prisas. Confiemos en que, quienes los promueven, sepan bien qué tipo de semilla están plantando. Que tengan en cuenta que aquí prende todo, que todo arraiga. Y los frutos podrían ser muy amargos.