«Duermo todas las noches en África»

VIGO

Empeñado en que la sociedad gallega conozca la verdadera realidad del emigrante africano, fue uno de los principales impulsores de la activa asociación Aida

09 dic 2009 . Actualizado a las 11:49 h.

Desde hace doce años, que son los que lleva residiendo en la ciudad, Vigo representa para Ibrahima Niang la mitad de su vida. La otra mitad late a miles de kilómetros de distancia, a caballo entre Mauritania y Senegal. «Duermo todas las noches en África», asegura cuando se le pregunta cómo se soporta permanecer tanto tiempo alejado de la familia. A lo largo de la conversación se refiere a ella con frecuencia, sobre todo a su padre, ya fallecido. «Siempre me repetía que hay que ayudar sin esperar que nos den las gracias», cuenta.

Es un consejo que Ibrahima procura seguir al pie de la letra. De hecho, no resultó fácil encontrar hueco para la charla en su apretada agenda: «No, por la mañana no puedo porque tengo que ir al juzgado. ¿Por la tarde? No, tampoco, doy una charla en Mos. ¿Mañana? Bueno, creo que tengo libre la hora de la comida al salir del hospital». Y todo por esa extraordinaria vocación de servicio que le inculcaron en casa.

Así, los médicos del Xeral respiran tranquilos cuando Ibrahima entra por la puerta. Es la garantía de que, al fin, podrán entenderse sin problemas con el enfermo llegado del otro lado del Estrecho, que solo se expresa en wolof, lengua que se habla en Senegal, Gambia y Mauritania. Otro tanto les ocurre a los funcionarios judiciales. «Solo nos falta ponerte un despacho», le dicen a veces para agradecerle tanto altruismo.

Estudiar en un colegio francés le allanó sobremanera a Ibrahima el camino del idioma cuando decidió asentarse en España. «Llegué a la conclusión de que el español es como el francés pero terminando las palabras en A o en O», dice. Su intención era integrarse cuanto antes, así es que unas cuantas clases aceleradas hicieron el resto.

Ibrahima no había puesto sus ojos en España cuando pensaba en emigrar de África. Su objetivo era París, pero después de obtener visado para pasar unas cortas vacaciones en Madrid, donde tenía un familiar, cambió de planes. Lo de terminar en Vigo fue por casualidad: «Unos hermanos con los que coincidí en Madrid me convencieron de que podía ser útil aquí, que necesitaban gente dispuesta a librar la pacífica pero difícil batalla de hacer entender al entorno que los que llegamos de fuera no somos ni mejores ni peores que los nacidos aquí. Solo diferentes, y que aceptarnos con nuestra historia y nuestra cultura supone enriquecerse personalmente y como pueblo».

Con ese objetivo, en cuanto se asentó en la ciudad, se embarcó junto a otros compatriotas que, como él, se dedicaban a la venta ambulante, en la puesta en marcha de un proyecto cuyo nombre lo dice casi todo: Asociación para la Integración y el Desarrollo Africano (Aida), entidad que presidió, según recuerda, durante 10 años, siete meses y cinco días.

Visibilidad

«Su creación supuso el punto de partida para que en Vigo y su área de influencia empezase a hacerse visible el emigrante africano, y a estar presentes en la sociedad. Significó un espacio de apertura hacia la ciudadanía y hacia las instituciones. Gracias a Aida firmamos en 1998 el primer convenio con la concejalía de Benestar Social», explica.

Desde entonces no han parado. Y es que aunque define a Vigo como una ciudad acogedora, se producen a menudo situaciones en las que no se acepta de buen grado la realidad del otro. A juicio de Ibrahima una de las asignaturas pendientes sigue siendo la integración laboral. «La aspiración de la mayoría no es seguir en la venta ambulante; somos muchos los que estamos preparados académicamente para acometer otro tipo de tareas pero, salvo en el sector de la construcción, es difícil que se contrate a un africano», afirma.

Con todo, ve el futuro con optimismo. Las charlas que imparte en colegios, ayuntamientos y facultades universitarias, posibilitan que cada vez sean más las personas que conocen de primera mano la verdadera cara de África y de la emigración. «Al fin muchos empiezan a descubrir que los africanos no subimos cada noche a dormir a los árboles ni comemos con la parte convexa de la cuchara», ironiza.