Nouvel en el espejo

VIGO

Ayuntamiento y Autoridad Portuaria están en guerra. Enfrentados por las obras, se culpan mutuamente. «El proyecto es faraónico en la situación actual», han dicho desde el puerto. «Pondré todo mi empeño en que salga adelante», ha dicho el alcalde.

El regidor, claro, es Michael Bloomberg. Y su antagonista, Cristopher Ward. Y, como es obvio, estoy hablando de Nueva York, aunque lo que allí sucede nos suena muy vigués.

La disputa, en la Gran Manzana se refiere a la urbanización de la Zona Cero, un desastre que ha derivado en agria polémica. El Monumento a las Víctimas, que debería inaugurarse en 2011, no ha sido ni empezado. La Torre de la Libertad, que se estrenaría en 2013, acumula un largo retraso. Y lo que iba a costar 9.600 millones de dólares, ha superado ya los 12.300, sin que nadie en el Estado Imperio sea capaz de presumir la factura final del dispendio.

En cualquier caso, basta subirse al faro de Cíes, y tomar un buen catalejo, para ver en el horizonte los mismos problemas que en Vigo padecemos. Basta leer estos días las crónicas del aniversario del 11-S para extraer lecciones útiles para nuestra ciudad, que con modestia se espeja en la capital del mundo, un Atlántico mediante.

«El mundo nos está mirando y nuestra ciudad está haciendo el ridículo», decía Ken Forsberg, un electricista de Nueva Jersey que trabaja en las obras de Manhattan. Para su desgracia, el pobre hombre no conoce Vigo y no sabe qué altísimos grados de ridiculez pueden alcanzarse.

Tampoco podemos pretender que ni Caballero ni Corina sepan nada de lo que sucede al otro lado del océano. Ni que les interesen otros medios que los muy locales, donde a base de fotos se aseguran una buena reserva de votos y, por lo visto últimamente, tal vez también de «botox».

Pero alguna enseñanza podrían obtener de abrir sus miras al mar. Y ver qué sucede al otro lado. Porque la gran razón del fracaso de las obras en la Zona Cero es que se planificaron como una fantasía redentora tras el golpe sufrido. Y el corazón, encendido, venció a una planificación meditada. Las cifras, tercas, dicen ahora que no puede hacerse ni la mitad de lo proyectado en el socavón de las Twin Towers.

Calatrava, que diseñó un soberbio intercambiador de pasajeros bajo el recinto, ve ahora cómo le convierten la obra en poco más que un apeadero. Las promotoras renuncian a construir varios rascacielos. Y un millón de metros cuadrados de oficinas ya terminadas no encuentra comprador. Las grandilocuencias se pagan. Y, con la crisis, más caras. Es por ello que a mí me encantaría tener en Vigo el monolito de Nouvel. Pero, ¿quién iba a comprar todas esas oficinas? La respuesta la trae un viento que viene de Nueva York.