Y que ha terminado por hacerlo en profundidad. Bruno Kammerer aprendió de toros siguiendo de cerca a Paco Camino y El Viti, prácticamente como un miembro más de sus cuadrillas; de flamenco con José Meneses y Antonio Mairena; de política nacional, además de la que traía sabida de casa (su padre dio cobijo a Lenin en sus tiempos de refugiado en Suiza), a base de reunirse clandestinamente en iglesias con socialistas y comunistas en los años previos a la muerte de Franco, y de vinos gallegos con los paisanos de O Morrazo, donde decidió instalar definitivamente su puerto base español a finales de los 60 (hasta entonces lo tenía en San Fernando) el día que por puro azar descubrió Hío.
Fue precisamente siguiendo a Paco Camino durante la temporada del 65 cuando realizó el descubrimiento. Ese verano ofrecía una corrida en A Coruña. «Salí del hotel y encontré una joya de ciudad», afirma. En ese mismo instante se desmoronó la imagen que tenía de Galicia, inculcada primero en su Suiza natal desde mucho antes de venir a España, y más tarde en tierras andaluzas. «En una familia tan politizada como la mía, en casa siempre había reuniones. Cuando en ellas salía a relucir el norte de España siempre se referían a él como una zona atrasada, con gente oscura», cuenta.
No tenían mejor opinión de los gallegos al sur de Despeñaperros, que fue la zona que más concienzudamente recorrió Bruno en los sesenta. Ni siquiera Manuel Fraga, con el que mantiene una buena amistad, y que le facilitó los salvoconductos en forma de 52 cartas personales dirigidas a otros tantos gobernadores civiles para moverse por toda la geografía sin levantar sospechas, le explicó que Galicia era different, pero para bien. «En aquel momento Fraga me pareció hasta subversivo», afirma.
Lo cierto es que había razones para sospechar. De hecho, traía una serie de cartas que le había entregado al otro lado de la frontera Rodolfo Llopis para entregárselas a los socialistas españoles. La tapadera oficial para tratar de eludir la vigilancia policial era que estaba en España para hacer un completo álbum de fotografías del país y como reportero taurino. Era el momento en el que empezaba el bum turístico y Bruno, diseñador gráfico, había estudiado Bellas Artes, así es que coló.
Afirma que, gracias a las cartas de Fraga, nunca tuvo problemas. Tampoco en la frontera. «Los aduaneros siempre buscaban en el equipaje revistas eróticas». Tuvo oportunidad de contactar con Felipe González -«le vi por primera vez en Toulouse»-, Rafael Escudero, Chaves... En suma, el socialismo sevillano en pleno.
Todo aquello ocurrió antes de descubrir Galicia. Ver la playa de Nerga y surgir el flechazo fue todo uno. «Aquí es donde me gustaría vivir», pensó. Y eso es lo que hace por temporadas desde 1970, tras alquilar una casa en Hío. Sin abandonar su faceta política, ni su trabajo como diseñador gráfico y periodista, ha terminado por hacerse también un hueco en el mundo del vino. La culpa la tuvo primero un campesino piamontés, al que ayudaba, y ya en Hío su vecino José, «que tiene buenas viñas».
Hizo Bruno lo que hace siempre que algo le gusta, profundizar en ello con armas y bagajes, así es que regresó a la universidad para estudiar viticultura. Ha terminado plantando sus propias viñas. «El blanco me interesa poco porque ese camino ya está andado y bien andado, estoy apostando por variedades tintas. He traído cepas de Italia y las he cruzado con autóctonas como mencía, tinta femia o caíño», cuenta. Eso sí, su cosecha (700 botellas de blanco y 500 de tinto) no llega a ningún mercado. Dan buena cuenta de ella familiares y amigos.
Algunos de éstos, los más puristas, no comparten su teoría de que los vinos jóvenes no necesitan corcho. «Si van a consumirse antes de dos años, como corresponde a un vino joven, no tiene que respirar y desarrollarse, tiene que quedarse como está», sostiene. Total, que un día probó a cerrar sus botellas con las chapas con las que habitualmente se cierran las de cerveza o refrescos. Tras comprobar el resultado, sigue haciéndolo.
Después de pasar el mes de agosto en Galicia (lo que él llama la temporada de catas), Bruno regresará a Zúrich el próximo día 3. Claro que en diciembre ya estará de nuevo en Hío. Es decir, en casa.
El autor de la novela, Emilio Alonso Pimentel, está contando los días para reunir a sus incondicionales (y a los que estén dispuestos a serlo a partir de ahora) en la Casa del Libro y contarles polo miudo (sin destripar la trama) de qué va su obra que, como bien sabrán los lectores de La Voz, ganó el año pasado el Premio de Novela por Entregas.
Aunque hasta avanzado septiembre no se producirá la presentación, a Emilio no le ha podido el cuerpo (ha hecho bien), y ha remitido a los más cercanos un escrito con mensaje nada subliminal y con profunda carga irónica. Empieza por comunicar, «con placer», que ya está en todas las librerías «dignas de ese nombre» su novela.
Dice también que espera que la compremos, no sólo para disfrute personal, sino también para agasajar a familiares, amigos «e incluso enemigos». Confía en que una vez zambullidos en su lectura nos lo pasemos tan bien como él mismo se lo pasó mientras escribía. Termina pidiendo que no falte nadie el día 25 de septiembre, el elegido para la puesta de largo oficial. Oído, cocina.
Las peculiaridades de Emilio (invitar a la presentación no iba a ser diferente), quedan reflejadas en la fotografía que eligió para la contraportada de Mercurio y que ilustra está página. Pues sí.