El Big Ben debería estar escondido en el último callejón del Soho. Eiffel hubiera erigido su torre en una chatarrería. Y la estatua de la Libertad se habría levantado en el fondo de la sima de las Marianas. Así sería el mundo si las ciudades compitiesen por ocultar sus atractivos turísticos. Si la obsesión fuese ofrecer lo peor al visitante. Y, en esa improbable liga, Vigo ocuparía un puesto de cabeza.
Porque, se mire por donde se mire, lo de A Pedra resulta injustificable. Vivimos en la ría más hermosa del mundo. Toda la ciudad es un mirador sobre un paisaje que ya cantaban los trovadores, hace ocho siglos. Y hasta tuvo que venir un «juntaletras» de The Guardian para decirnos que la de Rodas, en Cíes, era la mejor playa del planeta. Y, sin embargo, cuando llegan las visitas, las metemos en la trasera de un edificio, en un callejón estrecho, mal ventilado y oscuro, con vistas a las puertas por donde se sacan las basuras.
A Pedra fue, hace siglos, lo mejor de Vigo. Era la plaza pública donde se celebraba el concejo abierto, ya desde la Edad Media. Desde su explanada, se divisaba la ría entera, de Cabo Home a Rande. Era un lugar emblemático. Hoy, sucesivas obras de humanización, han convertido el lugar en una plazuela sin vida, desde la que lo único visible es la negra mole de acero de un centro comercial y el neón formidable de una cadena de electrodomésticos.
Yo no sé si soy tonto, pero creo que A Pedra, con los años, no ha hecho sino ir perdiendo importancia urbana y, también, belleza. No contentos con esto, los vigueses hemos nombrado como nuestra calle más emblemática, ésa por la que preguntan todos los turistas, al oscuro callejón llamado Pescadería.
Una corporación tras otra se ha empeñado en hacer obras en el lugar y ponerlo bonito. Obviamente, es imposible. Cualquier rincón del Casco Vello, o cualquier esquina de As Avenidas, tiene más encanto que el lugar que fuimos a escoger como principal atractivo turístico, que no es sino la trasera de una mole de hormigón de 18 alturas.
Por supuesto, no se espera que nadie repare en este hecho. No hubo, ni hay ni habrá un solo político con el valor para abrir los ojos y sugerir un cambio de emplazamiento. Que podría ser cualquier lugar cercano, bien ventilado y con buenas vistas, donde las esforzadas ostreras pudiesen hacer su trabajo en condiciones y los turistas, en lugar de pensar que han estado en el Bronx, se llevasen un grato recuerdo.
A Pedra, y sus ostras, son un fantástico símbolo de Vigo, una ciudad siempre dispuesta a aniquilarse a sí misma y a recrearse en lo grotesco. Con lo fácil que lo teníamos, es asombroso el gusto que hemos desarrollado para cultivar el adefesio.