El gobierno local ha convertido la noche de San Juan en pieza de museo. La madrugada del miércoles, miles de vigueses se agolpaban en O Berbés ante una hoguera minúscula, la única autorizada en el casco urbano. Con la excepción de Bouzas, cuyos entusiastas mantienen la fiesta, la magia del solsticio ha sido borrada de Vigo. No hace ni una década que la ciudad era una fiesta cada San Juan. Vecinos de todos los barrios levantaban piras en las que ardían miedos y problemas. Sardiñadas, queimada, música tradicional, canciones populares? Pocas citas habían tan gallegas como la de esa noche, ahora proscrita.
Hay que aceptar que la ciudad ha crecido. Y que han desaparecido espacios donde armar una cacharela. Pero, esto no justifica la política de prohibición del Concello. ¿Cómo es posible que en el barrio de Gràcia, en Barcelona, se sigan montando hogueras por Sant Joan? ¿Somos los vigueses más ciudad, más urbanos, más señoritos, más cosmopolitas y modernos que los barceloneses? Si ellos pueden, si ellos han sabido mantener la tradición, ¿por qué no nosotros?
En Gràcia, donde pasé un 24 de junio de hace dos años, el barrio entero se echa a la calle. Las rúas son cortadas y los vecinos bajan todos a cenar y bailar a la fresca. En las plazas, operarios del Ajuntament esparcen arena para que ardan las hogueras. Los bomberos se sitúan junto a las bocas de riego, para evitar riesgos. Y, a la mañana siguiente, equipos de limpieza dejan todo como una patena. No se renuncia a las fiestas porque la ciudad crezca. Se adoptan medidas para que se celebre.
En Vigo, están humanizando tanto que van a terminar con todo lo humano. En esta línea se explica la prohibición, novedad de este año, de prender hogueras en las playas. Seguimos así el ejemplo de Nigrán, que se ha cargado la tradicional cacharela de Panxón. Sin embargo, en A Coruña, hubo hogueras en Riazor y en el Orzán, dos playas urbanas, y la fiesta fue noticia en todos los telediarios.
Cierto que, al día siguiente, hubo profusión de fotos de los arenales llenos de desperdicios. Pero éstos sólo entrañan el problema de que hay que limpiarlos. También se ensucian las calles tras los partidos en Balaídos o Riazor, o con la procesión del Cristo de la Victoria, y a nadie se le ocurre prohibir estas citas.
Para rematar el ridículo, este año hubo actos en los museos de Vigo. En el Verbum, una conferencia titulada Memoria de San Xoán. En el Liste, actos bajo el lema Tradicións populares de San Xoán. Todo esto, celebrado a la hora de saltar las hogueras.
Así convertimos una fiesta popular en pieza de museo. Si seguimos así, por lo que a mí respecta, propongo el año que viene ir a pegarle fuego al ayuntamiento. A hacer una hoguera bien grande y, de paso, ahorrarle algo de trabajo al señor Moneo.