Los vigueses están encantados con Vigo. Así lo asegura el último estudio realizado por el Valedor do Cidadán, que refleja que ocho de cada diez ciudadanos están satisfechos con la urbe olívica.
El dato puede parecer sorprendente, pero no lo es. Es sabido que el vigués del común siente afecto por su ciudad, al punto de que, si le preguntas en qué otra gallega viviría, su respuesta es que no se mudaría. Vigo tiene valores que sus habitantes saben ponderar y reconocer. Otra cosa, sin embargo, es que seamos dados a la crítica, sano ejercicio al que somos grandes aficionados.
Que a los vigueses les guste Vigo no va a sorprender a nadie. De hecho, hay quien va más allá y asegura que estamos hechos la una para los otros. Que una ciudad así solo puede encantar a unos ciudadanos como nosotros. Y, con este extraño fenómeno de amor-odio, explican muchos foráneos que viva tanta gente en un sitio tan ruidoso, tan estresante, con tanto tráfico y donde la gente anda tan deprisa, incapaz para el paseo, como si siempre estuviésemos llegando tarde a todas partes.
La realidad, terca, viene a contradecir esta visión. Son muchos los que, atónitos, preguntan: «Pero, ustedes, de verdad, ¿viven aquí?». Pero son muchos otros los que, llegando de fuera, quedan prendados de esta ciudad, se enamoran de ella, se instalan aquí y no regresarían ni en broma a sus Madrid, Barcelona, Cuenca, Palencia o Soria natales.
Así que nada es lo que parece. Cuando el vigués, en el autobús, en el estadio, en la cola del pan y en el aperitivo, despotrica contra Vigo, no hace sino una sincera declaración de amor. Eso sí, a su manera, que es una manera muy viguesa de ser, en la que al criticar se experimenta un placer indescriptible.
«¡Cómo está Vigo!», dice el aborigen, «¡Qué ciudad!» Y, solo con estas dos frases, se establece aquí una complicidad, una comunión de tal calibre, para la que en algunas tribus remotas necesitan noches enteras de danzas rituales, pipas de la paz, brebajes de peyote e interminables ritos iniciáticos. «Esto solo pasa en esta ciudad», afirma el indígena vigués. Y enseguida todos los presentes entran en un trance que el espectador poco avisado podría confundir con un odio al lugar donde viven.
Es por ello que hay que advertir a los antropólogos. El vigués critica por placer. Porque criticar une mucho. Y porque es algo que está en su temperamento. Es por ello que hay que dudar de la encuesta del Valedor do Cidadán. Porque entre los vecinos de una calle y los de la de al lado, hay diferencias de valoración enormes, de hasta el 80 por ciento, en variables como seguridad, tráfico, transporte o salud. No sé qué pensarán ustedes, pero, como vigués, les diré que no sé yo si ese estudio estará bien hecho?