La fidelidad

VIGO

Con motivo de la liberalización del mercado eléctrico, teleoperadores de Fenosa han comenzado a llamar a hosteleros vigueses ofreciéndoles suculentas ofertas «en atención a su fidelidad con nosotros». Mientras atendía la llamada, un amigo murmuraba al teléfono: «¡Hombre, fidelidad, fidelidad?!»

Las frases hechas son un peligro y Fenosa pretende que, si te has pasado la vida pagándole el recibo de la luz, ha sido por amor y no porque no hubiese otra. Esto es como si, cuando las galeras surcaban el Mediterráneo, el tipo del tambor, de cuando en cuando, remitiese cartas a los galeotes ofreciéndoles aflojar un poco los grilletes «en atención a su fidelidad con nosotros».

La supuesta liberalización del mercado energético permite estos sarcasmos. Porque, al fin y al cabo, está tan mal explicada, y el ciudadano la entiende tan poco, que te pueden decir cualquier cosa. Cuando, el próximo julio concluya el plazo para cambiar de compañía, veremos cuántos usuarios exploran nuevas ofertas.

Nuestra inquebrantable «fidelidad» con Fenosa es similar a la que mantenemos con Aqualia. Aunque, en este caso, al no liberalizarse nada, nos mantendremos fieles sean cuales fueren su política empresarial o sus precios.

Ayer en O Calvario y el viernes en un colegio vigués, la compañía de aguas desarrolló una singular iniciativa: «Todos somos agua». Para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente, la empresa invitó a escolares y ciudadanos a pesarse en una báscula. El resultado en kilos se tradujo en litros de líquido elemento que, según la empresa, serán «donados» para regar árboles.

La idea, desde luego, no parece muy generosa. El peso corporal de todos los vigueses juntos, a una media de 75 kilos por persona, no supera las 23.000 toneladas. Esto supone unos 23 decámetros cúbicos de agua, que no llega ni a la tercera parte del consumo diario de la ciudad. Como resulta que no se pesaron todos los vigueses, sino unos cientos, su peso equivaldría a tener un grifo abierto un par de horas. Que es en lo que debe de consistir la «espléndida» donación de Aqualia.

No podemos calificar a la compañía de aguas de generosa, pero sí podemos valorar su interés por concienciar a la población sobre la necesidad de reducir el consumo. En esto hay que felicitarla. Aunque, para ello, lo mejor que podrían hacer es dejar de cobrar un consumo mínimo de 30 metros cúbicos por hogar, un auténtico lago Ladoga que no gasta una familia de cuatro miembros ni en broma.

Si desea Aqualia concienciarnos, que cobren por lo consumido, como le ha pedido repetidas veces el Valedor do Cidadán.

Lo otro, campañas como la de ayer, no son sino fuegos de artificio. Que nos hacen dudar de nuestra inquebrantable «fidelidad» a esta empresa.