Hace unos años, visité San Antonio, ciudad de acento hispano y calcinada por el sol, situada al sur de Texas. Su centro urbano es como el de todas las ciudades de Estados Unidos, un inmenso bosque de rascacielos dedicados a oficinas. En San Antonio, sin embargo, se daba una extraña paradoja. En el centro de la reunión de colosos de acero, hay una pequeña explanada con una plaza pública, algunos árboles y una miserable construcción, de piedra y adobe, que aparece ridícula en tan apabullante entorno. Se trata de El Álamo.
En esta vetusta misión colonial, murieron David Crockett y otros doscientos texanos más, abatidos todos por el ejército mexicano, al mando del general Santa Ana. Su sacrificio, cantado en varias películas, facilitó sin embargo la posterior victoria militar de Sam Houston, que permitió la independencia de Texas.
Ni que decir tiene que, para los orgullosos texanos, El Álamo es un santuario civil. Y, por tal razón, lo han mantenido así, durante casi dos siglos, herrumbroso y agujereado por las balas, para levantar a su alrededor la ciudad formidable. Estados Unidos gusta de conservar su memoria.
En Europa, por el contrario, todo es distinto. Somos aquí más dados a emplear la piqueta, a tirar lo antiguo y, en algunos casos, a reformarlo con la dudosa pretensión de embellecerlo. En esto, claro, hay categorías. Y Vigo se sitúa aquí en vanguardia.
En Vigo, destruir cosas nos entusiasma, sean murallas, colegiatas de Santa María, tranvías o edificios modernistas de diversa factura. Como contraprestación, podemos así leer libros magníficos, como Vigo, la ciudad que se perdió, de Jaime Garrido, y admirar con nostalgia todo lo que dejamos atrás. A tanto llega en Vigo la afición por la demolición que, estos días, se están remodelando muchas aceras, parterres y farolas que no llevaban estrenadas ni tres años. El dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno no parece cuajar en la política.
En esta fiebre por derribarlo todo y rehacerlo, les toca la peor parte a los árboles. Y el Concello acaba de anunciar un plan para talar 450 álamos en el barrio de Coia. Por lo visto, algunos vecinos afirman que las pelusas que generan los frutos les producen alergias. Y, aunque los alergólogos lo dudan, e insisten en que tales nubes de «algodón» no son polen, sino parte de las semillas, el área de Parques y Jardines se ha puesto rumbosa y diligente, para anunciar la gran fiesta del hacha y la motosierra. La pasada semana estuve en Granada. Al llegar a la ciudad, parecía que estaba nevando. Una nube de pelusas de olmos envolvía la Alambra. Y, aunque leí también quejas en los periódicos locales, no encontré anuncio alguno de una tala masiva. En Vigo, somos más entusiastas. Cuando un político local tiene una ocurrencia, no bastarían David Crockett, Stephen Austin y Sam Houston para defender El Álamo.