Auditorio por horas

VIGO

Aún estamos a tiempo. Es preciso dejar en ruinas la Ciudad de la Cultura del monte Gaiás. Según la nueva Xunta, heredera de la que inició el proyecto, las obras podrían demorarse hasta más allá de 2021, un plazo que tiene por delante más de tres legislaturas.

Semejante noticia nos deja una conclusión: Queda más por hacer de lo ya hecho. En concreto, doce años hacia el futuro frente a los diez que han pasado desde que se inició el faraónico despropósito.

Con estas previsiones, tal vez sería mejor abandonar el proyecto. Asumir que Fraga se equivocó y que sus sucesores no supieron tomar la decisión correcta. Que no es otra que parar los trabajos, enterrar el proyecto, considerar perdidos los millones invertidos y dejar esa ruina en pie como lección inmarcesible para las generaciones venideras.

Si el proyecto ya nació como un despilfarro indecente, la actual situación económica convierte las obras que se ejecutan en Santiago en un insulto a la inteligencia. Invertir un solo euro más en el monte pelado compostelano es tirar el dinero público. Con doce años de obras por delante, es el momento de mandar parar. Se acabó la tontería del Gaiás.

La idea puede parecer descabellada. Los posibilistas dirán que, después de todo lo invertido, es mejor terminarla. Quieren que se inviertan, en su totalidad, los 475,9 millones de euros que va a costar el invento. Se trata de 79.000 millones de las antiguas pesetas, a los que habrá que sumar, cada ejercicio presupuestario después de su inauguración, un Potosí en mantenimiento. Para colmo, la creación carece de un proyecto definido.

Como mínimo, pedir ahora que paren las obras es tan descabellado como decidir que continúen. Se me hace difícil saber qué es peor, francamente. Y, con esto, no quiero decir que, en una situación de crisis, haya que reducir la inversión en cultura. Pero, más que nunca, es necesario establecer algún tipo de prioridades.

Vigo es un buen ejemplo de ello. La ciudad tiene una amplia red de museos, muchos de ellos desaprovechados. Sin embargo, aún hoy carece de un auditorio. El palacio de congresos, del que llevan hablando políticos de todo signo durante veinte años, sigue sin ser otra cosa que un terreno baldío donde, de cuando en cuando, aparecen excavadoras a remover tierra.

Mientras Galicia despilfarra en el Gaiás, la ciudad más poblada no tiene ni un miserable auditorio. Al menos, de forma permanente. Porque, el pasado jueves, Vigo recibió uno por horas. Venía a bordo el MSC Orchestra, con una capacidad para 1.200 espectadores. Ya le gustaría a esta ciudad disponer de uno como el del trasatlántico. Pero duró aquí lo que dura una escala.

Mientras se sigan dando estas paradojas, enterrar más dinero en Santiago no es sino reírse de los ciudadanos.