La noticia del calamar gigante ha hecho correr ríos de tinta. Un vecino de Viveiro, José Yáñez, marinero jubilado, capturó el pasado martes un ejemplar de metro y medio. Lo avistó en la playa, mientras el bicho se revolvía cerca de la orilla, y sin un atisbo de duda se lanzó al agua a atraparlo con sus propias manos. "Me echaba los tentáculos al cuello", narraba luego el valiente en este mismo diario.
Al día siguiente, en un programa de televisión, aparecía la señora de Yáñez abriendo en su cocina un arcón congelador. Dentro, estaba el calamar gigante, debidamente despiezado y listo para el consumo doméstico.
La información, en estos aburridos tiempos de campaña, resultaba asombrosa y vivificante. Y habla, además, de cómo somos los gallegos.
Ante un monstruo digno de la imaginación de Julio Verne, un gallego no sólo no huye despavorido, sino que se abalanza sobre la cosa, a riesgo de su vida. Y su objetivo no es otro que organizar una papatoria.
Si el valiente Yáñez, que tiene nombre de lugarteniente de Sandokán, piensa preparar al bicho a la romana, le van a salir unas anillas como para jugar al hula-hop.
Pero está visto que nada arredra a un gallego cuando de asuntos de comer se trata. El monstruo del Lago Ness o el Yeti, si se diesen en Galicia, hace tiempo que nos los hubiésemos papado. De hecho, es posible que también aquí hubiese engendros de estas características, pero no se descarta que ya hayan pasado por la cazuela.
Los monstruos, en Galicia, tienen razones para temer a los gallegos, adictos a la gastronomía capaces de devorar cualquier cosa, sólo con echarle una ajada por encima. Con esa, nuestra pócima tradicional, somos capaces de comernos lo que sea, incluidos Moby Dick, el Golem, el Calamar Gigante, King Kong, Godzilla y al Monstruo de las Galletas.
En otras latitudes, cuando se encuentra a un cefalópodo de estos, se le suele donar a la ciencia. El bicho pronto acaba en un bote de formol, expuesto en cualquier museo. En Galicia, por el contrario, es rápidamente despiezado y almacenado en el arcón congelador, para disfrute de las amistades invitadas a la papatoria.
Así que hay que felicitar al señor Yáñez por su arrojo e iniciativa. Que, además, encajan a la perfección con esta época de Entroido que vivimos. Un momento del año para ponerse el disfraz pero, sobre todo, para saciarnos de cocidos, cacheiras y laconadas hasta quedar a las puertas de Urgencias al borde del coma gastronómico.
No hace falta que nos lo digan los políticos. Somos únicos. Galicia, sitio distinto.