Corre por mis venas el virus de la fiebre amarilla. Y no porque hable con metáforas y sufra un acceso de entusiasmo con los éxitos deportivos de la China. Lo que se extiende por mi cuerpo es, literalmente, el microorganismo que transmite el mosquito Aedes y que provoca una enfermedad tropical endémica y mortal.
¿Y cómo he acogido yo a este huésped tan inoportuno? Afortunadamente, en forma de vacuna, que esta misma mañana me ha sido inoculada en el hospital del Meixoeiro por una gente amabilísima que, no queriendo que me fuese solo con enfermedades exóticas, en el otro brazo me han metido algo de tétanos y un poco del bacilo de la difteria.
Así que aquí estoy yo, hecho un cóctel de bicherío microscópico, escribiendo este artículo bajo una creciente sensación de aprensión. Para tranquilizarme, he cometido el error de entrar en la Wikipedia, donde se me informa de que el segundo nombre de la fiebre amarilla es «vómito negro», lo cual comprenderán que me tiene ya totalmente paralizado. Esto me pasa, claro, por «fuchicar» por mi cuenta, cuando ya en el Meixoeiro me habían dado toda suerte de explicaciones, solo que ahorrándome sinónimos que no venían al caso.
Mientras fiebre amarilla, tétanos y difteria se van conociendo dentro de mí -digamos que hoy, como en el cole, es el día de la presentación-, me voy preparando para recibir el viernes a nuevos huéspedes. De todos ellos, el más destacado es el dengue, que tiene nombre de baile caribeño, pero que en realidad, en muchos países del globo, es un auténtico drama. Como no aprendo, en Internet he descubierto que su nombre alternativo es «fiebre rompe-huesos», que no sé si prefiero a «vómito negro», la verdad.
Mientras continúo sugestionándome, recuerdo las palabras de la afable enfermera que esta mañana me administró y explicó las vacunas. Con buen criterio, se sorprendía de que alguna gente se quejase de someterse a vacunación. «Como ahora somos ricos, parece que nos molesta tener que vacunarnos para viajar», decía. Y tenía razón. ¿Qué no darían en tantos países de África por el cóctel que esta misma mañana recibía yo en mis brazos? Porque muchos millones de personas se siguen muriendo en el mundo de dengue, fiebre amarilla, malaria y tantas otras enfermedades para las que aquí, en la opulenta Europa, tenemos vacuna, prevención o cura.
Ayudado por esta reflexión, comienzo a perder la aprensión. Asumo, y hasta agradezco, la cumbre mundial de virus y bacterias que se está viviendo a bordo de mi cuerpo. Y ya solo pienso en mi viaje al África subsahariana hecho el rey de los microbios.