Miedo a volar

VIGO

10 jul 2008 . Actualizado a las 11:41 h.

Es un hecho. Los aviones están llenos de gente con miedo a volar. Ocurre ahora mismo, en Madrid-Barajas, París-De Gaulle y Nueva York-JFK. Masas de usuarios aterrorizados atados a un asiento y hacinados.

Se trata de un fenómeno bien curioso. Como si las churrasquerías estuvieran llenas de musulmanes, los cuarteles repletos de pacifistas, el Bernabeu abarrotado de culés y los hipermercados atestados de enfermos de agorafobia.

El avión es una tortura a la que se someten millones de personas cada verano. Para fomentar el pánico, las compañías aéreas recurren a toda suerte de tretas de un sadismo increíble. Todo comienza en el aeropuerto, que es lo más parecido del mundo a un tanatorio, con sus largas estancias vacías, sus pulidos mármoles y ese aséptico ambiente de aire acondicionado. Incluso en las casas mortuorias han puesto unas pantallas donde sale el muerto, el número de velatorio y la hora de entierro que son iguales a las que puede haber en Peinador con tu número de vuelo, tu puerta de embarque y la palabra «Retrasado».

Continúa el sadismo dentro del avión, donde una señorita -elegantemente ataviada con un chaleco salvavidas- se encarga de narrarte, con grandes aspavientos, cómo se despresurizará la cabina, cómo se dispararán las máscaras de oxígeno y cómo inflarás las balsas salvavidas tras caer al océano. Es como ir a un restaurante y que te cante el maitre, a viva voz, el listado de fármacos contra la Salmonella y la disentería. Un horror.

Por fortuna, ya no te sirven ahora aquellas viandas que parecían comida de hospital, pero con más sabor a plástico. A menudo, era difícil distinguir la bandeja de los presuntos alimentos que contenía.

Pero lo más terrible para quienes padecen aviofobia, que así se llama el miedo a volar, son las llamadas «turbulencias». Aparecen sin previo aviso, aún en los días de mejor tiempo, esos que en el argot de la aeronáutica dicen «de sol y moscas». Aunque yo he podido observar que son más frecuentes cuanto más ruido haga el pasaje.

Es por ello que sospecho que las turbulencias no existen. Creo que las hacen a posta los pilotos. Mueven el timón con saña a diestro y siniestro, buscando el terror de los viajeros. «Capitán Peláez». dicen, «déle usted un meneíto al aparato, a ver si se calma la gente». Y el capitán Peláez, con lo que le gusta menear el aparato, ¡pues venga a darle a la palanca para martirizar al populacho!

Pueden llamarme paranoico, pero cuando haya turbulencias afinen el oído. Al fondo, entre el silencio espeso del pasaje, escucharán desde la cabina de mando las infernales carcajadas de estos sádicos mientras menean el manubrio.