Dos tormentas de verano sacuden el fútbol europeo. Una fecunda, la de España, inesperada de tanto tiempo esperada. Otra, arrolladora y destructiva, la de Italia, que acabó con la futura cosecha. La herida de la derrota aún supura en el país de Berlusconi, porque se puede decir que Italia cayó con todo el equipo. Fiel a sí misma, vendiendo muy cara tanto la probable derrota como la posible victoria. Y fiándole gran parte de su destino a la antes complaciente diosa Fortuna. Por eso dolió tanto el adiós. Todavía sigue lloviendo aquí, allí y en otros parajes futboleros. Cuando Cesc anotó el penalti que eliminó al combinado de Donadoni, el jugador del Arsenal, sin saberlo, le cambió el nombre a un restaurante italiano de Hamburgo. La Trattoria de Remo ha desaparecido del mapa debido a una apuesta. Ahora el local se llama Trattoria del Italiano Eliminado. El dueño del restaurante no podía concebir la final continental sin su selección. Porque Marcello Lippi ha vuelto para conducir a sus discípulos de nuevo «a la senda ganadora». Pura glorificación del resultado. De fútbol, ni hablar. El calcio , para no traicionarse a sí mismo, asume que la Eurocopa 2008 solo fue un mal sueño. Que la pasada Liga de Campeones, en la que ninguno de sus equipos alcanzó las semifinales, fue un puro accidente. Que la temporada fue como uno de esos terremotos que agitan de vez en cuando a los japoneses sin causar víctimas ni producir grandes daños. Y mira hacia el futuro con sus lentes de siempre, las de lejos, aquellas con las que se ven las grandes finales y que obvian la forma de llegar. Ya lo decía Gennaro Gattuso, el jugador más italiano de la azzurra y el que menos se avergüenza de esta etiqueta. Mucho antes de este fracaso, Gatusso publicó sus vivencias en un libro titulado Quien nace cuadrado no muere redondo . Al final, lo único italiano que ha cambiado es el nombre de un restaurante de Hamburgo.