Es natural de Aiquile (Bolivia), donde se fabrican los mejores charangos (instrumento de cuerda de la familia de los laúdes) de su país. Pero a Roxana Mejía Vedia le sonó más la música de la emigración y ya lleva ocho años residiendo en Vigo. «Quise buscar un mejor porvenir para mí y para mi familia», dice como si recitase la letra de una eterna canción.
Hija de un herrero y de una vendedora de productos del campo en los mercados, vivió al cobijo de sus progenitores, junto con sus 8 hermanos más. Pero le murieron sus padres, se lío el aguayo (una especie de manta para llevar cosas a la espalda) y cruzó el charco.
Vino aquí por consejo de algunas amigas que ya vivían en Vigo. Utilizó todos sus ahorros para costearse el billete de avión. «En aquella época eramos pocos los emigrantes bolivianos que llegábamos a Galicia y resultaba más fácil encontrar trabajo sin papeles», dice.
Recuerda que estuvo afortunada al conseguir un empleo en el servicio doméstico para una familia que la trató muy bien. «Fue la que me abrió las puertas y pude traer también a mis primas, además de una hermana», explica. Cree que les entendían bien porque ellos también habían emigrado.
No obstante, no le resulta un motivo de satisfacción su condición de inmigrante. «La emigración nos desliga de nuestra vida, de nuestra cultura y de nuestra gente. Quien diga que se va de su país con el corazón contento, miente. Es un volver a empezar. Aquí no podemos celebrar los cumpleaños porque se quejarían los vecinos si ponemos la música alta, mientras que allá sí porque no vivimos en pisos».
Fue de visita en dos ocasiones y le suele mandar algo de dinero. «Con 50 euros, allá casi se puede comer durante todo el mes», señala. En los ocho años solo ha trabajado para tres familias distintas. Ahora cuida a un anciano. Asegura ver en él a la figura de su padre y que le dispensa el mismo trato y respeto.
La acompañó su marido boliviano, engendraron una hija, pero la relación se rompió y la joven (6 años) quedó siempre a su cuidado. «Nosotros estamos en desventaja porque no tenemos a un pariente que vaya a recoger a nuestros hijos al colegio y también obligados a adaptarnos al horario de las guarderías, cuando debería ser al contrario», concluye.