«El Aloia fue el gran proyecto de mi padre, su edén»

M.T.

VIGO

El ingeniero Rafael Areses fue el artífice de la valiosa reserva que a principios del siglo XX solo estaba poblada por rocas y matorrales.

Su hija volvió ayer al que «era el edén de mi padre», como protagonista de excepción de la obra de su progenitor, considerado por los expertos como «un visionario e precursor das políticas de mantenemento sostible». María de los Ángeles Areses Pérez-Hermida pasó gran parte de su vida en el Aloia y, con sus siete hermanos, participó directamente de la «pasión» del ingeniero, que hizo de un pedegral el primer parque natural de Galicia.

A todos ellos inculcó el amor a la naturaleza pero también otros muchos valores que resaltan hoy en día quienes lo conocieron, como su altruismo. «Era la persona más sencilla que había bajo las estrellas y siempre nos trasmitió que primero debían ser los demás y después, nosotros», recordaba ayer la protagonista de la jornada.

Ella debió de tomar buena nota, porque ayer cedió varias de las pertenencias personales de su padre para que formen parte del legado que se puede visitar en la casa del fundador. Entre ellas, el uniforme de gala con el que se casó, en 1904, y que un año antes bordó la que iba a ser su mujer con hilos de oro. Sobre él, otra distinción de incalculable valor emocional, la Gran Cruz del Mérito Agrícola que le entregó la Asociación de Amigos del País. No es la original, porque la primigenia «la regaló cuando acabó la guerra para fundir el oro en Rusia para el fondo del tesoro y él hizo una réplica de metal; nosotros también dimos todo lo que teníamos».

María de los Ángeles goza de una envidiable memoria de sus 79 años y recuerda perfectamente los difíciles y maravillosos capítulos que se escribieron en y desde la cumbre del Aloia. Los principios fueron duros. «Cuando les dijo a los vecinos que había que hacer una carretera se opusieron por no saber qué iba a pasar con sus burros». Por aquellas fechas, la prensa local le acusaba de «querer hacer dinero», aunque el periodista se diculpó poco después. Desde la cima también tuvieron que escapar de los milicianos, recuerda, «porque les daban 50 duros por matar a mi padre». «Huimos de madrugada y nos atraparon en Arcade pero tuvieron piedad. 'Son tan niñas todas que dan pena'», recuerda que dijeron.

De su persona resalta su «espíritu de sacrificio», explicando cómo si no cobraban los guardias, les daba lo suyo, porque «para él no quería nada, era el último para todo». Así levantó el primer parque gallego.