Cuatro décadas de puertas abiertas

La Voz

VIGO

SERGIO RODRÍGUEZ

14 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Es de dónde sale toda la financiación que permite que, después de curantenta años, siga abierta la casa de los Misioneros de los Enfermos Pobres. O eso es lo que sostiene el hermano José Antonio Donaire, cabeza visible de la institución. «Bueno eso y la fe», apostilla. Está convencido de que esa misma providencia impidió que este fuera un aniversario triste haciendo que el reciente incendio que se registró en el centro se saldase sólo con daños materiales. «Los peritos todavía no han evaluado los daños, pero a la vista está que son cuantiosos», afirma. Con todo, no dejan que el accidente les amargue un fiesta que iniciaron ayer con la procesión de San Camilo y que tendrá continuidad hoy con diferenetes actos. Cuenta que los primeros años de estos 40 que cumplieron ayer estuvieron presididos por el sacrificio, las privaciones y la austeridad. Que comprobando cómo viven a día de hoy tuvo que ser realmente duro. Y eso que cuando el hermano Donaire desembarcó en Vigo aquel 30 de mayo de 1970 ya había pasado lo peor. «Vine a sustituir a Lorenzo Planas, un santo que tiene un busto en el jardín», recuerda. Añade que para entonces ya estaban instalados en la finca de Teis. Su adquisición fue otra carambola providencial. Relata que un buen hombre, que conocía el trabajo que realizaban con los enfermos, les animó a buscar una sede como Dios manda y a que le pasaran a él la cuenta. Compraron entonces por cuatro millones de pesetas la finca con la intención de pasar al benefactor las cuotas de la hipoteca. El caso es que apenas realizada la operación el hombre falleció y les dejó con una deuda millonaria y los bolsillos vacios, ya que sus herederos nada sabían ni querían saber de compromisos no escritos. Cuando ya estaban con el agua al cuello, otras dos muertes vinieron a resolver la cruda papeleta. Sendos albaceas llamaron a su puerta. El primero traía un cheque de dos millones de pesetas y el segundo, otro de un millón novecientas mil. Ya sólo quedaban en el aire 100.000 pesetas, que no les costó recaudar, sobre todo entre los vecinos. En casa de los Misioneros de los Enfermos Pobres se arrima la puerta, pero nunca se cierra. El timbre suena a cualquier hora del día o de la noche. La necesidad no sabe de horarios, y menos aún cuando se trata de personas sin techo agobiadas por problemas acuciantes. Ni que decir tiene que si más plazas tuvieran más se ocuparían, tanto en el capítulo de internos como en el de transeúntes. Para éstos últimos disponen de un albergue con 44 camas. En invierno son muchas lasa veces que tienen que hacer hueco dónde sea para evitar que el que llama a la puerta duerama a la intemperie. También están a tope en el edificio de internos. A día de hoy atienden a 200 enfermos pobres. Lo son tanto que la mitad de ellos carece de ingresos. La otra mitad cuenta con pensiones de miseria. Así, es fácil entender al hermano Donaire cuando dice que reciben con una sonrisa de oreja a oreja cualquier aportación, ya sea en forma de dinero, de especie o de trabajo. Éste último sobra. Se necesitarían muchas manos más.