Puntualidad gallega

La Voz

VIGO

ÓSCAR VÁZQUEZ

La Mirilla

14 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

Hasta el 14 de septiembre puede contemplarse en el museo Quiñones de León una colección de relojes bien difícil de reunir. Con todo, el hecho de tener la oportunidad de contemplar de cerca una veintena de piezas únicas no es lo más importante. El verdadero lujo es descubrir las historias que se esconden detrás de algunas y, con ellas, retazos de una España cercana y, al tiempo, bien lejana. Por ejemplo, la de Evangelino Taboada, un relojero autodidacta cuya fama de buen profesional traspasó fronteras. Hasta en Suiza, la meca de la precisión, llegaron a reclamar sus servicios. Pero la firma Omega tuvo que quedarse con las ganas, y no porque Evangelino no estuviera interesado en la oferta, sino porque el régimen (de Franco, claro) se lo impidió. Tan perseguido estuvo por sus ideas políticas que, muy a su pesar, conoció bien la cárcel de Vigo. Precisamente uno de los relojes que se muestran lo construyó mientras estuvo entre rejas. Elena Taboada que asistió a la apertura de la exposición, contó que su padre era tan bueno que le llamaban Longines, y que apenas tenía 15 años cuando se estableció por su cuenta en Silleda. Poco después se trasladó a Vigo, donde dejó su sello personal en numerosos edificios. Cuando éstos se fueron derribando, también se perdieron los relojes que los coronaban. A día de hoy sólo el del Instituto Santa Irene sigue dando la hora. Por eso fue particulamente agradable el encuentro que se produjo en Castrelos ente Elena Taboada y Alfonso García, director del centro que, en estos momentos, se afana en rematar las obras de acondicionamiento de la torre, para que el reloj deje de sufrir por las inclemencias del tiempo. El que no pudo asistir fue Roberto Agulla, el hombre que se encarga del mantenimiento porque, a la misma hora, estaba encaramado a la torre (130 escalones) colocando el contrapeso de las agujas. Me quedo con las palabras de Mariel Larriba, comisaria de la muestra, quien dijo que tenemos que aprender a poner en valor los ricos legados que, por distintos motivos, acumulan el incomprensible polvo de la indiferencia cuando no del olvido. Pues eso. Con protagonistas también gallegos, aunque en circunstancias bien distintas. Gracias a las investigaciones realizadas por Juan Manuel Pérez, hemos descubierto que en las obras de construcción del canal de Panamá hubo mucha mano de obra gallega. El doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Georgetown ofreció ayer datos de primera mano en la Fundación Barrié, donde pronunció una conferencia. Pérez, que trabaja en la división hispánica de la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, preparaba hace una década su tesis doctoral sobre Panamá cuando, inesperadamente, descubrió unas fotografías que documentaban la existencia de gallegos en el canal. Tirando del hilo supo que habían llegado a ser 5.500 y que estaban tan bien considerados que cobraban el doble que el resto. Claro que también les doblaban (y hasta les triplicaban) en efectividad. Es el número de artistas gráficos de todo el mundo que van a recibir (o han recibido ya) la invitación de Terras Gauda para participar en su premio de cartelismo Francisco Mantecón. En la pasada edición (van por la sexta) la bodega que preside José María Fonseca recibió 1.400 obras de artistas de 62 países. Al final, el ganador fue Takahiro Shima, profesor de diseño de la Universidad de Osaka. Del jurado forman parte, impepinablemente, además de Fonseca, Pilar Barreiro, viuda de Mantecón; Enrique Costas, director de la bodega, y Paulino Novo. Otros miembros, también impepinablemente, cambian cada año. En concreto el diseñador de referencia, que en esta ocasión es Manuel Estrada, y el ganador de la edición anterior, que viajará expresamente desde Japón cuando se haga público el fallo. El ganador ya sabe que se hará acreedor de un cheque de 6.000 euros y, lo que es mejor, su diseño recorrerá el mundo porque se convertirá en imagen de Terras Gauda durante un año.