La Mirilla
08 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Es lo que le desearon el domingo los amigos a Francisco Fernández del Riego, a propósito de sus 94 primeros inviernos. «La cabeza la mantengo firme, ojalá pudiera decir lo mismo de mi espina dorsal», me decía ayer cuando le felicitaba con retraso. Es cierto que hace algún tiempo que Don Paco se queja de las goteras propias de la edad, pero benditas goteras que le permiten levantarse cada día a las seis de la mañana (madrugada más bien) y llegar, puntual, dos horas más tarde, a su despacho en la Biblioteca Penzol. Y más benditas todavía cuando una le escucha afirmar que sigue sin perdorar el puro y la copa de güisqui después de comer. Es una querencia que conocen bien los amigos. Por eso, no es de extrañar que la mayoría de los regalos que recibió fueran de ese palo. Alguna caja made in Cuba y alguna otra in la República Dominicada. «Y tengo prometida otra de Cohibas», relata casi relamiéndose. Le pregunto qué le dice su médico de esa pasión suya por el tabaco. «Qué va a decir, no dice nada, porque sabe que conmigo se lleva más de un chasco», comenta irónico. No sé si la frase que vino después se la dedicaba al galeno o se trataba de un repaso somero de sus flamantes 94 años: «conocí la dictadura de Primo de Rivera, la dictablanda de Berenguer, la República...». En estos días de democracia anda enfrascado en la relectura (escucha es más correcto) del Quijote. Según explica, un amigo ingeniero forestal le ha regalado un aparato con una especie de vídeos en los que una serie de primeros actores leen algunas obras maestras de la Literatura. «Es todo un acierto para los que tenemos la vista hecha un cisco», asegura. Cuenta que para los artículos semanales de La Voz tiene un truco: «Cuando no los dicto, los escribo en una máquina primitiva que tiene casi tantos años como yo». Y que, según se deduce, está igual de activa. Por mucho tiempo. Mientras no lo haga no puede terminar de montarse en el Museo del Mar el mural de Isaac Díaz Pardo. Los trabajos se iniciaron el viernes y pensaban continuarse ayer, pero la lluvia no lo permitió. Miles de vigueses ya tuvieron en su día oportunidad de contemplar el mural en cuestión, elaborado con gres de Burela. No en vano ocupó un lugar relevante en Cotogrande, durante la celebración de la Feria Mundial de la Pesca del 2003, evento para el que fue expresamente creado. Díaz Pardo visitó la pasada semana el Museo y dio el visto bueno al nuevo emplazamiento. Qué mejor escenario para una obra que rinde homenaje a las gentes del mar y que, cuando terminó la Feria, fue adquirida por la Zona Franca. Ahora el organismo que preside López Peña se lo pasa con todo el paquete a Ánxela Bugallo. Suele ser escenario idóneo para mostrar los buenos haceres de reconocidos profesionales. Fue en su día el caso del paisajista Francisco de Sales, que diseñó un recinto ajardinado para Bouzas allá por 1991. En la actualidad aquella obra, bautizada como Plaza de Galicia, es contemplada y recorrida cada día por los cubanos. Sí, finalmente, terminó en la isla. Según leo en el libro «La Plaza de Galicia en La Habana» que, amablemente, me hizo llegar hace un tiempo Alfonso Paz Andrade, uno de los artífices de aquel traslado, se trata de un espacio urbano de unos 5.000 metros cuadrados. El conjunto está jalonado por casas de estilo colonial. La cantería es la expresión ancestral de la construcción en Galicia y la vegetación lleva la firma de Sales. Hay cipreses, olivos robles, laureles... Por cierto, de éstos últimos no ha tenido todos los que quizá mereciera el desaparecido paisajista, autor también de jardines que nos quedan tan cercanos como los de Coia o Camilo José Cela. Sé que en ello está la fundación que lleva su nombre, y que pronto podría tener un espacio muy cerca del que fuera su vivero.