IN VICUS | O |
22 sep 2006 . Actualizado a las 07:00 h.DESDE el establecimiento del primer asentamiento humano al pie de la ría, la vida ha girado entorno a la obtención de los recursos que el océano Atlántico proporciona. Desde los primeros pescadores, pasando por los hábiles romanos capaces de conservar en salmuera los productos del mar para exportarlos a todo su Imperio, hasta los pioneros emprendedores del sector conservero, los vigueses han sabido aprovechar los dones infinitos del agua que nos rodea. Sin embargo, este privilegiado y generoso entorno, no ha recibido a cambio el cuidado y respetuoso mantenimiento que un ecosistema tan rico y frágil a la vez se merece, lo que ha provocado una paulatina e insostenible degradación por la que pocos se han preocupado. Y es que, tanto los vertidos industriales como los deshechos urbanos, 75.000 litros al día, que se dice pronto, han ido a parar a la ría con escasa o nula depuración durante décadas sin que se haya hecho nada por remediarlo. No ha de extrañarnos pues que los estudios universitarios alerten sobre los altos niveles de metales pesados en los sedimentos sino que, no adviertan sobre otros muchos elementos peligrosos. Además, debería sorprendernos y avergonzarnos que haya sido precisa una sanción de la Unión Europea para que nos hayamos dado cuenta de lo importante y, sobre todo, necesario que es mantener nuestra ría limpia. Han sido otros, los que, desde fuera, han valorado el privilegio que supone vivir en esta ría y nos han dado el único calificativo que nos merecemos aunque ni a los políticos, ni a los empresarios, ni a las instituciones responsables les haya molestado hasta ahora: el de sucios. ¿Tendrán también que limpiarnos?