DILATADA fue la amistad entre los pintores Laxeiro e Ignacio Arrondo. El primero acudió puntualmene, día tras día, al establecimiento del segundo, en Policarpo Sanz, y allí permanecía largo rato, leyendo periódicos, sentado ante un velador junto al ventanal desde el que se contempla el neobarroco de Palacios en el actual centro cultural Caixanova. Arrondo, muy amorosamente, hizo del maestro de Lalín, ya anciano, apuntes diversos y observó aquella figura de cráneo mondo, barba cana y pintiaguda, gafa deslizada sobre la naricilla y un cuerpo magro, de expresivas manos que tanto arte perdurable habían creado. Todo ello fue motivo de un excelente retrato, de gran formato, que Arrondo hizo de Laxeiro morosa, enamoradamente. Y un día, ya fallecido el retratado y por tanto personaje histórico, decidió donarlo al acervo municipal, para que integrara el repertorio de Castrelos. No vio colmado su deseo, y fue la viuda de Arrondo quien lo ofreció, cumpliendo el deseo del extinto. En principio, el representante del Concello y del Museo de Castrelos lo aceptó y agradeció. Pero no acudieron a recogerlo. Y el olvido momentaneo se ha hecho tan dilatado que quizá ya ni se acuerdan del obsequio. Es bueno el retrato, de un nivel que la siempre digna pintura de Arrondo no solía alcanzar, y es histórico el retratado. Como quiera que en Castrelos no nos sobra iconografía notable, volvamos a hacer memoria y cumpla el Concello su compromiso, con lo que se enriquecerá nuestro acervo plástico. Es razón de arte, de historia local, de seriedad. Los vigueses deben conocer y admirar tal excelente pintura.