IN VICUS | O |
25 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.TENGO la mala costumbre de pasear por mi ciudad para intentar disfrutar de la urbe que me vio nacer y a la que quiero con todos sus defectos y virtudes. El caminar además de constituir un ejercicio saludable, a pesar de los altos índices de contaminación de Vigo, me permite prestar atención a todo lo que me rodea apreciando así multitud de detalles que, sentada en un vehículo y ocupada con el tráfico, son imposibles de percibir. Detalles que, por otra parte, cuando se trata del "Casco Vello" resultan francamente deprimentes. Y es que decir que se me cae el alma a los pies cada vez que abandono la Plaza de la Constitución y me sumerjo en lo poco de medieval que queda en nuestra ciudad es decir poco. Para empezar, el estado ruinoso de las pequeñas casas frente a la Colegiata deslucen la entrada a uno de los núcleos más turísticos de nuestra ciudad: la Plaza de la Piedra. Aventurarse a continuación por la calle Real, superada la antigua y hermosamente restaurada Casa de Almeida es como introducirse en el peor de los arrabales de una metrópoli. Casas blasonadas se mantienen milagrosamente en pie mientras otras han tenido que ser apuntaladas para evitar derrumbes. Apenas si reside nadie y los vecinos lo son porque no pueden permitirse ningún otro lugar. Sería de insensatos no considerar que la inversión que se precisa para recuperar el casco vello va más allá de lo que se puede calcular a simple vista, sin embargo, todavía es más incoherente tener un casco histórico degradado hasta el punto de constituir un foco de criminalidad justo al lado del punto de atraque de los mayores trasatlánticos del mundo cuando se pretende potenciar el turismo.