ANTÍPODAS | O |
03 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.EN LAS mañanas frescas y en las tardes cortas o largas, según la estación, los pasos del que ha bajado hasta el muelle, el Náutico, las Avenidas, Montero Ríos, que de todas estas formas, y alguna más, se designa a la zona en cuestión, suelen encaminarse al espigón. Es ése que cierra el puerto deportivo del Náutico, y luce en la punta un farito pintado de rojo, componiendo un mirador desde el que pueden observarse el tráfico de embarcaciones y los azares de la pesca con caña que por allí practican algunos optimistas. Ocupaciones contemplativas que muchos ejercen desde el espigón, por ser éste el único lugar próximo al centro que todavía permite ver de cerca el mar y sus cosas. Ese pequeño espigón es, en fin, lo que nos queda abierto al mar tras años de paciente aplicación del grandioso proyecto Abrir Vigo al Mar. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno, y así lo está también esa parte del litoral que el dicho plan acogió en su granítico seno. El espigón, que fue excluido del abrazo maternal, no está empedrado ni enmaderado, sino cementado, y bastante mal, por cierto, no vaya a pensar el paseante que acercarse al mar es fácil y el camino, de rosas. Pero esa cutrez intrínseca le da el atractivo de lo familiar. Los espigones por aquí son así, mal feitos y peor afeitados. Hubo tiempos malos para el espigón, que era cuando no se le despojaba del aluvión de basura que iba a parar a él. Hace unos meses que alguien se esfuerza por empeorarlos. Lo que ahora depositan allí no son bolsas de plástico, sino pantalanes y pertrechos. Ello impide el acceso a la punta. Será por nuestro bien, que hay pedruscos y cráteres que desbaratan piernas y tobillos. Y a lo mejor hasta están en su derecho, que ya es. closadafernandez@yahoo.es