RAPACES | O |
03 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.EN este anodino 30 de Abril de 2004, José, me diste dos disgustos sin quererlo tú. Abrí el periódico por la hoja de la Agenda y vi tu nombre. Leí ávidamente, atragantadas las palabras en mi cerebro, hasta tropezar con un imposible (Primero): ¡Se necesita invitación! Releí tres veces sin comprender, sin querer admitirlo. Serán las fuerzas vivas, la flor y nata de la prepotencia social, pensé; querrán ligar sus manos en una foto exclusiva, de salón; ocupar, poseer, más que arroparlo. Hasta vino a mi cabeza el Dime con quien andas y te diré quién eres, aquella coletilla de mamá por las malas compañías. Él no se dejaría, me contesté. ¿Pues qué pasa? No sé, ¡coño! Me llenaron malas tentaciones: iría a la puerta del local, haría un retrato robot, joyas y vestimentas, sonrisas procaces, desparpajos mutuamente ajenos, por impedirme escucharte. Escribir un duro artículo, tenso y tirante hasta forzar con bronca y discusión artilladas las aguantaderas de mi jefe. Mejor, Sancho, me dije, buscar invitación por teléfono, hacer un buen artículo y escuchar a José. Perdone, esta entidad no tiene constancia de que venga Saramago... No nos interesan los rojos... No, esta emisora no sabe cómo conseguir una invitación; ni las tenemos... ¡Fundación Carlos Casares, digaméee...! ¡Oh, sí puede conseguirla, pero no es necesaria, por favor... (y ahí viene el Segundo): Está malo, en Madrid, no puede venir... Pero vendrá, se lo aseguro; quiere tanto a los Casares... Se aprecian mucho. Cuídate; ven, José; háblanos con esa hondura tuya que tanto amamos. O dinos dónde recibirnos, hay tren y autobús, para saborear tu palabra hermana. ¡Salud y amor, José! josemveiga@terra.es